-Maise for yuti, tú eres anclas, por eso yuti maise for yu au-aú-la sinagoga, doméstica la chacha, por eso yuti maise for yu a...

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     -Maise for yuti, tú eres anclas, por eso yuti maise for yu au-aú-la sinagoga, doméstica la chacha, por eso yuti maise for yu au-aú… - las niñas repetían la canción mientras saltaban a la goma dando vueltas, enredándosela en un pie, pisándola y saltando. Tony, de nueve años de edad, las miraba mientras fingía jugar a las tabas sentado cerca de ellas. En realidad, sólo quería estar sentado ahí porque cuando las niñas saltaban, con frecuencia les veía un poco las bragas, pero tenía que andarse listo: si las niñas se daban cuenta de que las miraba, o se largarían, o le largarían a él, pero lo que le largarían sería una buena guantada. El niño lanzaba distraídamente la pelota para barrer las tabas y luego lanzaba los huesos al aire, uno a uno, dando una palmada en el suelo antes de recogerlos al vuelo; tenía tanta práctica que podía hacerlo sin mirar, pero en una de las veces, la pelota de goma rebotó contra una de las tabas y salió disparada hacia donde las niñas jugaban a la goma. Inés, la niña que saltaba en aquél momento, no reconoció que se trataba de una pelota, vaya uno a saber qué se pensó que era, y pegó un brinco de cine para intentar esquivarla; el vuelo de su falda de tablas se levantó por completo y a Tony se le escapó una sonrisa excesivamente evidente para ser provocada sólo por su habilidad en las tabas. Inesita se puso a llorar, pero Eva directamente agarró la goma y corrió hacia Tony mientras la tensaba, éste intentó pegar un salto y escapar, pero ella logró alcanzarle y le sacudió un zurriagazo con la banda elástica en plena nuca.

    -¡AY! – se quejó el niño - ¡Que ha sido sin querer!

    -¡Todos los chicos sois unos guarros y vas a ir al Vinagrón! – amenazó la niña. 

    -¡Ñaña, y todas las niñas sois tontas, y el Vinagrón no me da ningún miedo! – Tony le sacó la lengua a Eva, pero estuvo a punto de mordérsela cuando notó a quién tenía tras él. Sólo le veía la sombra, pero era más que suficiente: era una sombra de un hombre grande, con los brazos en jarras, y que golpeaba lentamente el suelo con el pie. La sombra del brazo derecho se movió hacia él, y sintió su mano, ancha y pesada, en su hombro de niño. Tony se volvió. 

    -Míreme a los ojos – exigió el vigilante. Se llamaba Valmayor, pero todos los niños le llamaban el Vinagrón, por su carácter siempre avinagrado. - ¿le parece bonita su estúpida treta para poner en ridículo a una compañera, sólo porque es una niña?

    -Pero si yo no… - intentó excusarse Tony – No ha sido aposta…

    -¡Mentira, sí lo ha hecho aposta! – terció Inesita, toda roja y llena de lágrimas. 

    -¡Chivata de mierda! – gritó el niño. 

    -¡A callar! ¡Usted venga conmigo, señorito; para usted se ha terminado el recreo para todo el día! ¡El recreo de la tarde, también lo pasará castigado, y conjugando el verbo: “Yo no debo hacer cochinadas en el recreo, ni humillar a mis compañeras como un maleducado”, en todos los tiempos del indicativo! – El Vinagrón agarró a Tony por una oreja y le llevó hasta la pared para dejarle allí castigado de pie. El niño casi se alegró de estar cara a la pared; era preferible mirar el estucado lleno de bultitos antes que ver a todos sus compañeros jugando mientras él estaba castigado, y sobre todo que se burlaran de él las niñas idiotas. Siempre tenían que favorecerlas a ellas… A pesar de lo que le escocían la nuca, la oreja y los ojos, se esforzó por mirar a su alrededor. Había dientes de león a su alcance, y cogió unos cuantos. Apenas vio aparecer a la maestra, dña. Lourdes, se los ofreció. 

     -¡Tony! Pero… ¿cómo estás castigado otra vez? – Doña Lourdes era su maestra de canto y expresión oral, y el niño sabía que era, con diferencia, su favorito. La mujer no entendía que un chiquillo que en su clase era tan obediente y dócil, tan aplicado… pudiera ser tan travieso en el recreo, que estaba castigado cada dos días y el de en medio. 

    -El vigilante, que me tiene manía. – dijo el niño con carita de pena. – Dice que tampoco podré salir al otro recreo. 

    Doña Lourdes cogió las pequeñas florecitas amarillas y miró al niño, guapo, moreno, con esa cara de pillo simpático que tenía y esos ojos oscuros tan grandes y avispados, y sonrió. 

    -Métete para clase y escribe la plana que te haya puesto, y al otro recreo, sales. Si te dice algo Valmayor, dile que me has ayudado a cargar libros y que por eso te he levantado el castigo. 

    -¡Gracias, doña Lourdes, usted sí que es buena! – Tony se metió disparado para el aula. Es cierto que tendría que conjugar la dichosa frase, pero el segundo recreo ya no se lo quitaba nadie. “Algún día me las pagarás todas, Vinagrón”, pensaba el niño, sentado ya en su pupitre, escribiendo a toda velocidad, “Cuando sea mayor, me compraré todo el colegio y haré que los niños te castiguen a ti. Te haré copiar frases y conjugar verbos, y entonces dirás “¡ay, si hubiera sido un poco más amable con Tony, que sólo jugaba tranquilo…!”, ¡pero ya será tarde para los arrepentimientos! Ya verás, me las pagarás todas, ya verás como sí…”



Siete años después.

     -Sigue, más…. Mmmh…. Más cosquillas, aaah… hazme más cosquillaaaas… - Dolita gemía y se retorcía de placer mientras Valmayor, a quien los niños llamaban Vinagrón y ella podía llamarle Boni (se llamaba Bonifacio. Sí) le acariciaba el clítoris con cierta velocidad, mojándose de vez en cuando los dedos en la humedad que desprendía el cuerpo de la mujer. El vigilante le besaba la cara sudorosa mientras también el gemía, excitado al ver el placer que le daba. 

     -¿Así lo hago bien, cariño? ¿Te da gusto, eh? ¿Te doy gustito…?

     -Sí, ¡Síiiiiiiiiii….! – Dolita gemía, agarrada a las mantas. Su Boni se metió bajo ellas y en la completa oscuridad del interior de la cama, acarició con las dos manos, una en la resbaladiza perla, y otra coqueteando en la entrada, mientras lamía el pubis, la zona donde el muslo y el vientre se encontraban y donde ella tenía tantas cosquillas, que se comunicaban a las zonas aún más sensibles. -¡Más… más! – pidió ella, mientras empezaba a temblar. Valmayor podía notar cómo el cuerpo de su compañera se estremecía y tiritaba y al fin sus caderas dieron un golpe. En ese preciso momento, Boni le metió el dedo corazón hasta el fondo. -¡Aaaaaaaaaaah….! – Dolita meneó las caderas en círculos, notando el placer colmarla y desbordarse, dejarla satisfecha y acariciarla en olas cálidas de una gratitud indescriptible. Cogió aire en jadeos y notó sobre ella a su compañero, ansioso una vez más. Ni se le ocurrió frenarle, antes bien se abrió para él dedicándole una gran sonrisa y acariciándole la nuca y el cabello hasta la mitad de la cabeza, dado que no tenía más cabellera que acariciar. – Mi Boni, qué… ¡qué bueno estás, fóllame!

    El vigilante suspiró, rendido, y obedeció, empujó con prisa, sin prestar atención a la mentirijilla cariñosa. Él sabía que distaba mucho de “estar bueno”; era llenito, pasaba de los cuarenta, medio calvo y con bigotón, ojos oscuros y con más pelo en pecho, brazos y piernas que en la cabeza… pero para Dolita, no había hombre más guapo que él, y eso bastaba. Si para ella era verdad, él podía creerse que era verdad, y esa creencia le ponía aún más sensible. Entre eso y lo mucho que le excitaba el ver cómo ella gozaba con sus caricias, apenas un par de minutos de bombeo le pusieron como un flan y se encontró casi gritando de placer. No importaba, ya no quedaba nadie en el Colegio que pudiera oírles, y se soltó. 

     -¡Me encanta… me fundooo… me ENCANTAAAAAaaaahh….! – Boni soltó aire en resoplidos, los ojos en blanco y los mechones que usaba para camuflarse la calva, sueltos y sudorosos. Dolita rió, todo cariño, mientras le abrazaba con las piernas. Su risa hacía que su vagina se contrajera y le daba un delicioso masaje en el miembro que se vaciaba dentro de ella, por segunda vez aquélla tarde. Valmayor, apoyado en las palmas de las manos con los brazos estirados, se movía dentro de ella, ahora mucho más lentamente, disfrutando de la sensación de estar saciado y unido a su querida. Sonrió, y cuando Dolita le acarició la cara, áspera por la barba de todo el día, le besó los dedos. Eso de pensar en ella como “su amante, su querida”, le hacía sentir tan joven como hacía mucho que no era y tan rebelde como ciertamente nunca fue. Se dejó caer lentamente sobre el pecho de Dolita y ella le abrazó. Lentamente, se deslizó hasta apoyar su cabeza entre las tetas de su compañera, y la mujer casi le acunó entre ellas. Tenía los pechos grandecitos, con pezones rosados, que ahora estaban casi rojizos debido a los apretones que les había dado toda la tarde. Casi sin querer, abrazó uno de los pechos con su mano y se metió en la boca el pezón, suavemente.

     “Huy, huy, me estoy volviendo a poner muy tontito…” pensó Valmayor, mientras oía que Dolía reía, ¿le sucedía lo mismo? La joven le hacía mimos en las orejas y el cuello, y no le pedía que parase. Si por él fuese, no querría que le hiciese parar nunca, pero entonces el reloj del salón empezó a dar suaves campanadas y ella ahogó un grito.

    -¡Las siete! – dijo. - ¡Me tengo que ir, me tengo que ir pero ya! – El vigilante emitió un gruñido enfurruñado y se levantó para que ella pudiese salir de la cama. Dolita saltó de ella y empezó a vestirse. 

   -Dolita… ¿por qué no llamas a tu hijo y le dices, no sé, que estás en el cine, o con las compañeras y que cenas con ellas? Así puedes quedarte un rato más, cenas conmigo, y luego te acerco a casa, ¿no quieres? 

    -No puedo, Boni. En primera, Tony sabe que no salgo nunca, y si lo hago, es algo que planeo y de lo que le prevengo mil veces. Y en segunda, tengo que estar en casa con él, tengo que vigilar que estudie y cene. Si llega y no me encuentra en casa, con las mismas, se las pira y no vuelve hasta medianoche. 

    -Joder. – Valmayor salió de la cama y también él se puso los calzoncillos.

   -Boni… Cariño, no te me enfades. – musitó ella, pero no fue a abrazarle, tenía que terminar de vestirse y peinarse un poco, que vaya pelos de loca llevaba. 

    -No es que me enfade. – aseguró el bedel – Es sólo que me fastidia que siempre que estamos justo en lo mejor, siempre que nos estamos dando un poquito de cariño, zas, la hora y para casa. 

    -Se llama “ser amantes”, corazón – ironizó ella, ya atusándose el cabello. Dolita se había quedado embarazada con sólo catorce años, y ella sola había sacado a Tony adelante. Había tenido que dejar los estudios y ponerse a trabajar siendo apenas una niña, porque el “padre” (llamarle así era, a juicio de ella, hacerle demasiado honor) se había desentendido de ambos. Buscando trabajo como limpiadora, había acabado en el colegio elemental en el que, años atrás, había estudiado su propio hijo, y había conocido a Valmayor. Éste no sólo no la había prejuzgado por haber tenido un hijo tan joven, sino que le había confesado la admiración que sentía por la valentía que había demostrado siguiendo adelante con su embarazo siendo tan joven, pese a saber que se estaba partiendo la vida. Dolita, sedienta de afecto después de quince años sola, ansiosa de hablar con alguien que no la tratase con superioridad o conmiseración, y seducida por la amabilidad que por primera vez demostró con ella (o con nadie) el habitualmente malcarado bedel, se lanzó a sus brazos. Valmayor por su parte, había recibido tantas patadas en el corazón que no le merecía la pena ni contarlas. En principio, él no había tenido intención de acercarse amorosamente a Dolita, pero apenas ella se le arrimó, se encontró comiendo de su mano y lo que había empezado como dos seres solitarios dándose consuelo mutuamente, había pasado a aventura divertida muy poco después, y estaba alcanzando sentimientos más hondos a pasos agigantados. Vistas así las cosas, Dolita quería pasar a una relación normal, pero Valmayor aún tenía algunas dudas. 

     -Lo sé, sé que la culpa es mía, como siempre.

    -No te hagas la victimita, Valmayor, que no te va. No es culpa tuya ni de nadie, es sólo la relación que llevamos. – Dolita tomó su sencillo abrigo marrón – Sabes que tengo un hijo, sabes que es adolescente, una edad difícil… y sabes que estudió aquí mismo, le conoces. Y yo conocí a su padre. Lo último que quiero, es que acabe como él, y si no me tiene en casa para ocuparme de que estudie, lo acabará siendo. Y mientras yo lo pueda evitar, no será un pinta ni un vago. Y yo sé que a ti no te gusta la idea de comprometerte, de conocerle, de que todo el mundo se entere que nos entendemos… lo sé y lo sabía en el momento en que nos acostamos por primera vez. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, eso es todo. 

    Fuera de la cama y en calzoncillos, Valmayor tenía frío. Ahora mismo daría algo porque ella le diese un buen abrazo y le apretase contra su pecho, seguro que entonces, pese a ser Diciembre, se le iría todo el frío. En lugar de eso, ella suspiró y sonrió. Si había esperado una respuesta del bedel, ésta no se produjo, pero ella no pareció enfadarse ni molestarse por ello. 

    -Mañana es viernes y Tony tiene que ir a Confirmación; hasta las nueve no estará en casa y podré quedarme un poco más, ¿tendrás ganas?

    -Sabes que sí. – sonrió él, una pequeña sonrisa triste y se arrimó a ella para besarla una vez más. Un besito suave, de ojos entornados, pero apenas ella iba a retirarse, Valmayor la tomó suavemente de las mejillas y la besó larga, profundamente. Apenas la soltó, la pregunta le salió sola - ¿qué vas a hacer en NocheBuena?

     -Cenar en casa, haré… - pero entonces ella se dio cuenta de cómo él la miraba, de cómo se le abría una sonrisa de circunstancias en la cara, y comprendió. - ¿Me estás diciendo que…?

     -Podría cenar aquí, muy solito, pero una noche como esa, preferiría pasarla contigo. No te digo que le digamos ese mismo día a tu hijo que… pero podríamos irle preparando, si quieres…

    Dolita le abrazó, fuerte, muy fuerte. Boni devolvió el abrazo, y tenía razón: ya no tenía frío. 


***************


        “Señores clientes, les recordamos que en Alimentación-planta baja tienen todo un delicioso surtido de dulces navideños; turrones, polvorones, guirlache, fruta escarchada y mucho más, ¡saborea la Navidad con nosotros! Din-don-dán…. “Porque yo quiero que se rompa el tiempo, se partan las agujas del maldito reloooj…”” La megafonía del centro comercial se mezclaba con canciones del Fary o villancicos, y Tony no sabía qué le resultaba peor. Su madre le había cogido por banda para hacer las compras navideñas, y eso ya le ponía de mal humor; para empezar, no acababa de entender qué cuernos celebraban. Se suponía que las navidades eran para festejar el afecto familiar, y ellos no tenían más familia que ellos mismos. Los abuelos jamás le quisieron ni quisieron a su madre (bueno, a lo mejor sí la habían querido antes de nacer él… después de que él llegase a éste perro mundo, el cariño desapareció), nunca les habían ido a visitar, y cuando ellos dos iban a casa de los abuelos, éstos se encargaban de hacerles saber que estaban de prestado y no eran bien recibidos, de modo que no permanecían en la casa más de un cuarto de hora, tiempo que a Tony siempre se le hacía horriblemente largo… El chiquillo lo había sentido por la tristeza de su madre, pero la muerte de los abuelos hacía un par de años o tres, para él había sido tan indiferente como la muerte de un desconocido a mil kilómetros de él. No lo había sido tanto el que una de las vecinas se encarase con su madre y le dijese que el disgusto que ella les dio les había matado a los dos, y su madre tuvo que sacarlo a tirones del piso, porque estaba dispuesto a sacudir a la grulla esa. 

     Tony no tenía un gran afecto a las navidades. Para él, eran la constatación de que ellos parecían los únicos sinfamilia, sinfuturo y sinunduro de cuantos conocía. La gente le seguía mirando mal cuando se enteraban de que no tenía padre y que teniendo quince años, su madre apenas tenía treinta; su madre seguía sola como el uno y deslomándose como limpiadora por un sueldo de miseria, y ellos seguían viviendo en un piso interior de una sola habitación que su madre insistía en que ocupase él, porque necesitaba un sitio para estudiar, mientras ella dormía en el sofá-cama del salón. Y los únicos regalos que podía esperar, eran ropa o material escolar. No, realmente no veía motivos para celebrarla, y le parecía que la Navidad era una fiesta un tanto hipócrita, pero su madre adoraba las navidades y las preparaba con tanta ilusión que le parecía feo decepcionarla, de modo que intentaba no poner excesiva mala cara, pero cuando la vio agarrar la tercera pastilla de turrón, le frenó la mano.
    -Mamá, los fabricantes de dulces ya son bastante ricos, no hace falta que les des limosna.

    -Ya, claro, y luego se nos termina el turrón y qué, ¡suelta la mano!

    -¡Pero mamá, si luego estamos comiendo turrón y roscón de Reyes hasta Mayo…!

    -No es exagerado mi niño, es que no lo es para nada, vamos. Coge una de surtido de polvorones. – Ahí Tony ya sospechó. Es cierto que su madre era golosa, que con frecuencia guisaba para varios días… pero tres pastillas de turrón y un señor surtido de polvorones, cuando normalmente cogía los de a granel y sólo unos cuantos, no era corriente. 

    -Mamá, o te han dado una paga extra, o aquí sucede algo raro. – Dolita sonrió. Bueno, no tenía sentido ocultárselo al chico, NocheBuena era pasado mañana, no se lo iba a decir cuando Valmayor llamase al timbre.

    -Vamos a tener un invitado a cenar ésta navidad. 

    -No jorobes. – la cara del chico, no era precisamente de felicidad. “Esto no empieza bien” se dijo ella.
    -Sí. Y te tengo que pedir que por favor, seas amable. No te voy a pedir que te vistas bien, ni que te caiga simpático, pero sí que seas cordial con él y que te guardes las ironías. Se trata de Valmayor.

    -¿¡Qué?!

    -¡Ya lo has oído!

   -¡¿Has invitado a cenar al puto Vinagrón!? – Dolita le soltó una buena colleja.

   -¡Que no digas tacos, coño! Y sí, le he invitado a cenar. – La mujer mintió deprisa – Estábamos hablando de qué haríamos en las fiestas, y él está solo, no tiene familia cerca ni muchos amigos tampoco – “No me extraña” pensó Tony, pero se lo guardó – Nosotros también estamos solos, pensé que sería algo bonito en estas fechas. Hijo, sé que no te merece buena opinión…

    -No es que “no me merezca buena opinión”, mamá, es que es un p… es un maldito salvaje que sólo sabe pegar a los niños, un amargado de la vida, y encima va a venir de gorrón a nuestra casa. No me hace ninguna gracia que te pongas a cocinar para él. 

    -No va a venir de gorrón, ¡he tenido que insistirle para que no pagase él toda la cena! Y sé que fue severo contigo y con todos, pero es porque quiere lo mejor para los chicos. Y acuérdate el día que un imbécil tres años mayor que tú te quitó el bocadillo… ese día te protegió y al abusón no le quedaron ganas de quitarte el bocadillo a ti, ni a nadie, ¡bien que ese día Valmayor era el más justo, el más listo y el más bueno! ¿O no?

     Tony refunfuñó. Aquello era cierto, “al César lo que es del César”, que decían. Pero una única vez que le había ido bien con él, no era suficiente para que le cayese bien, ni para que tuviese ganas de ver su fea cara en su casa y en su mesa. Terminaron la compra, y Tony notó que su madre no dejaba de hacer bromas e intentar sacar conversación de cualquier cosa. “Generalmente eso lo hago yo” se dijo el chico “Está siempre cansada y no le apetece hablar, y yo intento que se ría y hable conmigo para que no piense… bueno, y también para que no me haga preguntas acerca de cómo me va el instituto y si me han dado ya la nota de tal o cual”. Tony se quedó pensativo. 

     “Ay, Dios mío, no le gusta la idea, no le gusta nada… Nunca está tan callado, algo está rumiando éste” se decía Dolita sin dejar de parlotear. “Sabía que no le iba a hacer gracia, pero no supuse que se iba a poner a pensar, supuse que se enfadaría sin más, pero que enseguida empezaría otra vez a hacer el tonto, como siempre… Por favor, que no se le ocurra la verdad, que no se le ocurra…”.



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     Oscurecía muy temprano en invierno, demasiado temprano para su gusto, pensó Valmayor; no le gustaba nada salir de casa cuando estaba tan oscuro, pero no se podía hacer nada. Eran apenas las seis y ya parecía noche cerrada. Teóricamente, habían quedado para las siete, “pero no pasa nada si llegas antes”, le había dicho Dolita, así que acababan de dar las seis y él estaba ya frente al portal, pero aún dentro del coche, y mirando la cabina que había al fondo de la calle. “Si llamo y digo que me he puesto malo, que no puedo ir… podría escabullirme. Malo sería que ella o su hijo fuesen a salir de casa justo ahora y me viesen aquí. Dolita no se enfadaría; es más, seguro que mañana vendría a verme para ver cómo me encuentro… La verdad es que bueno-bueno, tampoco estoy, así que no sería mentira del todo”. Se decía, tamborileando con los dedos en el volante. Estaba tan nervioso que tenía las tripas a punto de soltársele, tenía verdadero miedo de soltar un pedo horrible en casa de Dolita, menudo papelón. Ay… miró que no viniese nadie por la calle, se inclinó un poco hacia un lado y alivió el gas. Luego se sintió mejor, pero los nervios seguían allí. “Ya que he llegado… ¡Esto, tiene que pasar tarde o temprano! Lo quiera o no, tendré que conocer alguna vez al chico, y caray, él tendrá que irse haciendo a la idea que su madre es joven y… Sí, vale, le podría haber tocado en suerte otro tío a lo mejor más guapo, o más divertido, o… ¡Ay, mi tripa!”



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     -¡Os-tris, mamá! – sonrió Tony, y no era para menos. Su madre había sacado el vestido bueno, ése que no se ponía desde el funeral de los abuelos, se había maquillado y se había hecho un peinado muy elaborado que olía a laca; se había puesto los pendientes de la abuela, los zapatos de tacón y colonia de esa que tenía de los botecitos de muestra que a veces daban en las revistas o que le pasaba una de sus compañeras que era socia de Avon. Hacía mucho tiempo que no la veía tan guapa. Bueno, tan arreglada, mejor dicho, porque su madre siempre estaba guapa. - ¿Y esto?

     -¿Qué te parece? – sonrió su madre, y con los labios pintados, hacía muy bonito. 

    -Pareces la tía esa que anuncia los Ferrero-roché, pero en guapa. ¿Qué le has hecho al vestido? 

   -¡Ah… bueno… es que, ya sabes, era el vestido del entierro, y me parecía que era muy fúnebre, así que lo acorté un poquito! 

    El “poquito” hacía que el vestido dejase al aire las rodillas y una pizca de muslo. No era nada realmente provocativo, sobre todo mientras ella estuviese de pie, y cuando se sentase, el mantel de la mesa la taparía. 

    -No está mal, pero… - Dolita casi palideció - ¿No crees que hubieras debido vestirte así cuando yo aún estudiaba en el colegio? A lo mejor me hubieras amansado al Vinagrón entonces.

    -¡Niño! – la joven levantó la mano - ¿¡Quieres que te dé un cachete!?

   -¡Ah-ah, brutalidad policial no, pacifismo! – bromeó el chico, levantando dos dedos para hacer el símbolo de paz, y entonces llamaron a la puerta. – Ya está aquíiiiiii… - dijo Tony, imitando a la niña de Poltergueist. 

   -Abre tú mientras me termino, anda… Tony, te prevengo: sé bien educado. No me va a dar vergüenza sacudirte una colleja delante de él.

  -Jolín, mamá, que yo sé estar en el mundo… - aseguró el chico y corrió a abrir la puerta. El Vinagrón estaba en el descansillo, con un paquete entre sus anchas manos y una expresión de apuro como si en lugar de para una cena, viniese preparado para unas oposiciones. – Buenas noches, sr. Valmayor, ¿cómo está? 

   -¡Muy bien, gracias, Tony! – El niño le tendió la mano y Valmayor la estrechó, y la retiró al instante, presa de una sacudida eléctrica. Tony se tronchó de la risa y le enseñó la palma; llevaba un vibrador eléctrico de broma. – Qué gracioso… - se forzó a sonreír el vigilante – Siempre ha sido un niño tan gracioso… 

   El Vinagrón acercó dos dedos en forma de pinza a la cara de Tony, y éste levantó las manos hacia sus orejas para protegérselas, pero en ese momento entró Dolita y a Valmayor le faltó un pelo para que se le cayera el paquete de las manos. 

    -Buenas noches, sr. Valmayor. – sonrió. Y miró la escena. -¿Todo bien? – añadió, mirando a su hijo. 

   -¡Sí, sí, todo estupendo, su hijo acaba de darme la bienvenida! Un chico estupendo… - Valmayor corrigió la dirección de su mano, y en lugar de la oreja le pellizcó la mejilla y le dio un cachetito. Un poco más fuerte de lo que sería cordial, pero Tony se limitó a sonreír, y el vigilante miró a su madre – Está muy elegante. – los dos adultos permanecieron mirándose unos segundos, hasta que Valmayor cayó en la cuenta de su propio regalo - ¡Oh, he traído esto!

   -Por favor, ¿por qué se ha molestado? – Sonrió Dolita, al tiempo que tomaba el paquete que él le ofrecía. Contenía dos botellas de vino bueno y un precioso pastel con una casita de chocolate y un papá Noel de azúcar. – Gracias. Lo único… como no solemos usar vino, no sé si tendré abrebotellas…

    -Claro, es que aquí el vino, suele venir envasado en brick. – terció el chico.

   -¡Tony! – su madre sonrió exageradamente – Mira, ¿por qué no te llegas a la tienda de la esquina, a ver si te venden un abrebotellas? Y quiero la vuelta, ¿eh?

    Tony refunfuñó, pero cogió el monedero de su madre, se puso la cazadora y salió. Dolita y Boni esperaron unos segundos, hasta que oyeron los pasos alejarse por el pasillo. Y entonces, se lanzaron el uno en brazos del otro, en medio de un gemido impaciente. Dolita sintió la lengua de su amante dentro de su boca casi antes de terminar de abrazarse, y ella devolvió la atención al tiempo que le acariciaba la espalda. Las manos de Boni reptaron, rápidas y nerviosas, por el cuerpo de la mujer, apretaron las nalgas y empezaron a subir el vestido, ¡Dios mío, qué guapísima estaba! ¡Jamás la había visto tan guapa… bueno, tan arreglada, porque ella siempre estaba guapa! ¡Estaba buenísima! Cuando Dolita notó el apretón en sus nalgas, separó su boca e intentó frenarle.

    -¡Quieto, loco! – sonrió – No podemos… volverá enseguida, no podemos… bastaaa… 

    -Dolita, estás como un tren. – masculló el vigilante, cubriéndole el cuello de besos. Llevaban casi una semana sin verse, desde que dieron las vacaciones de Navidad, y la verdad que los dos tenían unas ganas tremendas, pero la mujer sabía que su hijo no tardaría ni dos minutos en estar allí de nuevo; le cogió las manos y se las retiró. 

     -Venga, sé formal, cariño. – Le besó una vez más, y se le escapó la risa - ¡Anda, límpiate la cara! ¡Que te he dejado que pareces un apache!

    Valmayor se rio y se miró en el espejito del recibidor. Tenía la cara llena de carmín, y corrió al baño a limpiarse mientras ella se pintaba los labios de nuevo. Aún dentro del baño, ya oyó que se abría la puerta de entrada. 


****************


     “Vamos a ver qué pasa cuando el sr. Valmayor pruebe esta cosita con el café…” se dijo Tony. “Ese tonel de mala baba se piensa que soy idiota y que no me doy cuenta que va detrás de mi madre, y mamá, la pobre, con eso que está más sola que el uno, se debe pensar que éste cabestro es el único hombre que va a mirarla a la cara… Veremos qué opina cuando el señor vigilante Don Severo, coja una tajada del tamaño de un piano.”. La cena transcurrió con bastante tranquilidad, y Tony fue el niño perfecto, para gran alegría de su madre. No intentó hacer bromitas ni ironizó con nada, no fue sarcástico y se calló todas las impertinencias que se le iban ocurriendo y no fueron precisamente pocas. Participó en la conversación con el juicio y la cortesía que sabía sacar cuando le apetecía y que dejaban boquiabiertos a más de cuatro, porque parecía tener mucha más edad de la que le pertenecía; ayudó a servir y se ofreció a ir él a la cocina ante cualquier cosa que faltase, y cuando llegó la hora de recoger, se levantó antes que pudiese hacerlo su madre. 

    -¿Eres mi hijo de verdad? – le preguntó a escondidas su madre, en la cocina, cuando se levantó para ayudarle a llevar platos (Valmayor quiso levantarse también, pero Dolita no se lo permitió).

    -Es Navidad… - sonrió Tony. – Y tú parecías tan interesada en que saliese bien todo en la cena, que he pensado que podía arrimar un poco el hombro. 

    -Hijo mío – Dolita sonrió extasiada - ¡Qué sol eres! Siempre eres bueno, pero cuando quieres ser un caballero, no te ganaría un rey. 

   -Anda, ¿por qué no vas a sentarte? Yo pongo el café, ¿vale? ¿Saco el coñac? – Dolita tenía una botella de coñac que le habían regalado en un trabajo anterior, hacía ya tres o cuatro años. Como ni ella ni mucho menos Tony bebían coñac, lo usaba de vez en cuando para cocinar, pero hoy bien podían ofrecérselo a Valmayor.

   -¡Ay, mira, sí! ¡Gracias, tesoro, estás en todo! – Dolita salió de la cocina y fue a sentarse en la mesa, ya recogida. Parecía tan feliz que Tony casi sintió un poco de remordimiento por lo que iba a hacer, pero enseguida cambió de idea. Si el Vinagrón se había pensado que podía encandilar a su madre así como así, estaba pero que muy equivocado. Puso a hacer el café, sacó las tazas buenas y mientras el café hervía, sacó del bolsillo un sobrecito de papel, y dejó caer parte del polvo que contenía en una de las tazas. 

    “No hagas ninguna burrada, que es peligroso”, le había dicho Bruno, su amigo que estudiaba para policía. Al parecer, les habían explicado en una de las clases, que una nueva forma de contrabando de alcohol, consistía en pasar éste deshidratado, en polvo como el caldo, de manera que en pocos sobres, podías pasar una buena cantidad de litros de licor. Naturalmente, se trataba de un alcohol de muy escasa calidad, pero que pegaba un pelotazo etílico importante, y en algunos locales nacionales estaba empezando a ser utilizado como nuevo garrafón. Cuando Tony se enteró de aquello le pidió por favor un poco, dispuesto así a dejar k.o. al Vinagrón, y en un principio Bruno se negó, ni hablar del peluquín, era peligroso, podían echarle… Pero cuando Tony le dijo que estaba en  juego el honor de su madre, Bruno se ablandó. Había cosas que sólo podían hacerse por una madre, dijo, y aunque Tony le preguntó, el joven aspirante a policía, no contestó. 

    “Cuando tome esta salvajada, se pondrá como un cohete”, se dijo Tony. “Le diré que le echo un poquito de coñac al café, accederá y parecerá que se ha emborrachado. Mamá lo echará a patadas y bye-bye, Vinagrón. Ya sabía yo que un día me las pagarías todas juntas”. Dolita no hablaba demasiado de su primer novio, el padre biológico de Tony, pero por lo poco que sabía, le gustaba el bebercio como a los tontos las tizas, y cuando bebía, se ponía hasta violento, y si bien no había llegado a pegarla nunca (“qué maricón… como un día me lo encuentre de cara…”), sí que la había asustado; su madre no soportaba a los borrachos, apenas Vinagrón se pusiese alegre… 


    -No me hagas mucho caso, pero creo que tu hijo… se huele algo. – dijo Boni, y sonrió. Dolita asintió, tímida.

    -Yo también lo creo. Y no sé, pero me parece que no le está sentando tan mal como yo suponía que iba a sentarle. – Aprovechando que la mesa les tapaba, el vigilante aprovechó para coger las manos de la mujer, y ella se las apretó. Los dos se reían como dos colegiales recién enamorados, y Boni se arrimó más a ella, casi se tocaban. 

    -Hay que entender que te ha tenido para él solo toda su vida. A un padre lo conoces, te viene “de serie”, pero a un novio de tu madre… es más árido, y yo también pensaba que se lo iba a tomar fatal, y más teniendo en cuenta que no me tiene una gran simpatía, pero sí que también me parece que… no sé, es como si quisiera decirnos que lo ve bien, que lo aprueba… 

    Dolita le dedicó la sonrisa de la mujer más feliz de la tierra, y lo era. Que sus dos hombres se aceptasen mutuamente, era el mejor regalo de Navidad que podía soñar. De repente, su sonrisa estaba muy cerca de la de Valmayor, y no dejaban de acercarse. Podía sentir el cosquilleo que hacía su respiración, muy cerca de sus labios, y los pelos de su espeso bigotón casi rozaban su labio superior… y entonces, se abrió la puerta de la cocina, y los dos giraron la cabeza de golpe. A Tony le vaciló la sonrisa en la cara y casi se le cae de las manos la bandeja del café, pero fingió no haber visto nada.

     “Serás cerdo” pensó el chico, poniendo delante del Vinagrón la taza envenenada “Aprovecharte así de una pobre mujer que está sola, ¡y delante de mis narices! Si no fuera por esto, ahora mismo te reventaba la cara a guantadas, puerco mamón. Cuando mi madre te eche de casa, la última patada en el culo, te la daré yo”. 

   -Ahora traigo la tarta, la corto y la traigo. – Tony usó su voz más agradable y su mejor sonrisa. Apenas volvió a la cocina, Dolita y Boni soltaron la risa de apuro y se dieron un rápido beso antes de tomar cada uno su taza de café.

    -¿Quieres una gotita de coñac en el café? – le ofreció ella.

   -No, muchas gracias, me gusta mucho, pero me da un ardor de estómago tremendo. 

   -¿Sabes qué dicen del café? – dijo Dolita, un poco coqueta.

   -¿Qué dicen?

    -Que si bebes de la taza de otra persona, conocerás sus secretos. Por eso dicen que si una persona no te ofrece su café, es que te miente o que te es infiel – La mujer dejó su taza frente a Boni y éste le ofreció la suya propia enseguida. Bebieron. 


     “Se necesita descaro, sabiendo que estoy yo aquí, ponerse a intentar meterla mano, ¡vaya respeto! Me parece muy bien que mamá se quiera echar un novio, pero vamos… ¿El Vinagrón? Se merece algo pero bastante mejor” pensaba Tony mientras sacaba la tarta, los platitos, buscaba un buen cuchillo y partía los tres trozos. En eso estaba cuando oyó la voz:

    -¡Tony! – era el Vinagrón, y el chico no se movió, ¿qué se pensaba, que iba a ir como un criadito? ¡Que le llamase su madre, no él! La puerta de la cocina se abrió, y un muy apurado Vinagrón apareció en ella. – Tony… tu madre. 

    -¿Qué pasa?

    -Ven aquí. – En el salón se oyó un ruido de platos rotos, y el chico acudió.

    -¡Mamá! – gritó. Su madre se reía a carcajadas mientras hacía rodar los platos de las tazas de café por la mesa.

    -¡Tony, mi niño! – dijo con una voz pastosa - ¡Qué bueno hash shido hoy con tu nuevo papá! ¡Te compraría aquélla bicicleta, pero, ¿sabesh qué?! Que shi te la compro, tendremos que comer pan con aceite todo… todo el mesh… ¡Lo shiento, hijo, lo shientooo…! – y se echó a llorar. El Vinagrón estaba ya junto a ella, intentando a la vez consolarla y que no se cayera de la silla.

    -Mamá… mamá, ¿qué te pasa? 

    -Cuánto osh quiero… osh quiero a los dosh, de verdazz… - Dolita besó la mejilla de Tony y se lanzó a la boca de Valmayor, quien intentó separarse con toda la educación que pudo. - ¡Vamosh a cantar! ¡Ande, ande, ande, la marimorenaaaa…! – Valmayor la cogió en brazos y ella dejó caer la cabeza, riéndose como una loca porque lo veía todo al revés. 

    -¿Dónde duerme habitualmente?

    -Aquí, en el sofá. – contestó Tony y extendió rápidamente el sofá-cama para que pudiera tumbarla. Dolita no dejaba de reír y llorar alternativamente e intentar besar a Valmayor.

    -Anda, Dolita, descansa, tienes que dormir… Tony, trae agua, ¿quieres? – pidió el vigilante, y el chico obedeció al momento. – Bebe, te sentará bien. Bebe y luego te duermes.

    -Pero… ¿pero tú no te vash a ir ya, verdaz…? No shé qué ha pasado… ¿Ya no me quieresh…? 

    -Pues claro que te quiero. – sonrió Valmayor y le besó la frente – Anda, duérmete, mañana estarás mejor. – El vigilante la arropó bien mientras Tony le quitaba los zapatos. Valmayor, de rodillas junto al sofá cama, abrazó a Dolita y la consoló, le aseguró que la quería muchísimo y prácticamente la arrulló hasta que se quedó dormida y empezó a roncar suavemente. Cuando levantó la vista, Tony era la viva imagen de la angustia y las lágrimas le caían por la cara. – Y ahora… ahora tienes que contarme qué has hecho. 

    -¿Qué quiere decir? – preguntó el chico, limpiándose la cara al momento. 

    -Mira… - Valmayor se puso en pie. Estaba perfectamente calmado, y Tony no sabía cómo le daba más miedo, si así o con el tono enfadado y autoritario que él recordaba. – Tu madre y yo nos cambiamos el café, y de pronto se puso así. 

    -No sé… no sé qué quiere decir. 

   -Hijo, esto no es para castigarte. Yo no le voy a contar a ella nada, palabra. Pero necesito saber qué has usado, porque me hace falta para saber exactamente qué le ocurre. ¿No querrás que mañana, tu madre esté peor, verdad? – Tony se derrotó. Echó mano al bolsillo y sacó el sobrecito con polvos.

    -Esto. Es alcohol deshidratado. – Valmayor le miró severamente.

    -¿Cómo qué cantidad le has echado?

    -No era para ella, era para usted… - No quería, pero se le ahogaba la voz. No quería pensar que era culpa suya el que su madre estuviese en ese estado, borracha perdida, convertida en lo que precisamente más asco le daba. 

    -Ya sé que era para mí, tú no podías saber que cambiaríamos las tazas, sólo dime por favor qué cantidad se ha tomado. Lo tenemos que saber. 

    -No mucho. – sorbió por la nariz. – Menos de un cuarto de litro… eché muy poco.

    -Un cuarto de litro, en una mujer de su peso… 

    -¿Hay que llevarla al hospital? 

   -Tanto como eso, no, pero ven, ayúdame. ¿Tenéis pajitas en casa? – Tony asintió. Valmayor puso el café en una jarrita alta y le colocó dos pajitas. Se acercó al sofá cama y acarició la cabeza y la cara de Dolita hasta que se medio despertó; le llevó las pajitas a los labios y con toda su santa paciencia logró que se tomase la mayor parte del café solo. Luego hizo que Tony le trajese agua e hizo lo mismo. – Trae un cubo, una palangana o algo… por si quiere vomitar, que lo tenga cerca. – Después que le hizo beber toda el agua que pudo, se levantó. Y le pareció que el chico, le miraba de otra forma. – Si no te importa, me quedaré aquí ésta noche, por lo que pueda suceder. Mañana tendremos que prepararle un desayuno potente; huevos fritos, tostadas, zumo de naranja y algo dulce… la tarta servirá. Con eso y un analgésico, se pondrá como nueva, ya verás. 

     -Señor… Lo siento. Lo siento de verdad. 

    El vigilante se sentó a la mesa del saloncito y señaló otra silla frente a él. Tony supuso que era su hora del rapapolvo, y no sólo no remoloneó, sino que fue como un rayo. 

    -Lo sientes, porque le ha tocado a tu madre y no a mí, pero, ¿no has pensado que si yo me hubiera puesto en ése estado, tu madre lo mismo te hubiera dado la bofetada que te mereces y que yo no te doy? – Tony estuvo a punto de decir que su madre no le pegaría, que ella jamás le pegaba y que él no sabía nada de cómo le educaba… pero se calló. Ya había hecho bastante el tonto por una noche. - ¿Qué pensabas cuándo se te ocurrió hacer ésta gamberrada? Porque esto no es una travesura, es una gamberrada.

    -Yo… no lo sé. Supongo que quería librarme de usted, eso es todo. 

    -¿Y eso, por qué?

    -Porque… ¡no me gusta la idea de que usted y mi madre… eso!

    -Tony… a ver cómo te lo explico. – Valmayor se pasó la mano por la calva y se rascó el pelo del cogote, pensativo. – Para eso, no te hacía falta envenenarme. Bastaba con que le dijeras a tu madre “No me gusta ese hombre”. Ella habría hecho lo que tú quisieras. Pero yo, sinceramente, querría que te lo repensaras. Me da igual si saber esto te escuece: tu madre y yo, hace ya varios meses que estamos juntos, y no me refiero estar en plan amigos, no sé si me entiendes. – Tony palideció, pero no dijo nada. – Ya veo que sí. Lo que quiero decir es que tu madre puede seguir viéndome a escondidas, podemos seguir quedando a hurtadillas como si hiciésemos algo malo, y mientras tú la puedes tener para ti solo, cerrar los ojos a todo como si fueras un niño al que hay que tener engañado porque la verdad puede dolerle, y privar a tu madre de una relación sana y normal… o puedes hacerte a la idea que ella y yo nos queremos. Sé que no soy ningún príncipe azul, pero quiero a tu madre. Lo pasamos bien juntos, congeniamos… me gustaría estar con ella de un  modo formal, no habría venido aquí a cenar y a conocerte si no quisiera eso. Ahora mismo, podría haber aprovechado la situación para dejarte a ti aquí con el marrón y yo largarme, pero no lo he hecho. 

    -Lo sé. Y ni siquiera le he dado las gracias aún por quedarse. 

    -Ni tienes por qué. Lo hago por que quiero. Porque la quiero. Y me gustaría quererte a ti también. No voy a pedirte que me llames “papá”, a tu edad me parece tan inútil como darte la bofetada, no estás ya en edad de ello… pero, coño, al menos podemos llevarnos bien. Por ella. ¿No te parece?

     Tony le miró y asintió. “No me caes bien, y probablemente nunca lo hagas. Eres un gilipollas. No me gustará verte en casa, ni verte acompañar a mi madre, ni hacer nada con ella. Ella no te necesita, y se merece a alguien mejor. Pero la has ayudado. Puedo fingir que te soporto por respeto a ella, hasta que consiga hacerla entrar en razón.”, pensó Tony. Una parte de sí mismo se sentía un poco mal por pensar así de alguien que acababa de remendar tan eficazmente el desaguisado que él mismo había liado, pero su orgullo adolescente le pesaba más. Entre los dos terminaron de recoger, y Valmayor intentó conversar con el chico, pero éste alegó que estaba muy cansado y triste por lo sucedido, y apenas terminaron se fue a su cuarto a dormir. 

    “Es buen actor, desde luego” pensó Boni “Le caigo como una patada y sigue pensando que su madre y yo, vamos a durar seis meses, pero lo disimula bien. La lástima para ti, niñato, es que yo llevo un poco más de tiempo en el mundo que tú, y no se me pasan por alto cosas como muebles golpeados, el uso de fuerza al fregar cacharros o puños apretados… Sí, una carita de ángel y una sonrisa de niño contrito y arrepentido perfectas. Una voz de lamentación adorable. Pero los detalles te delatan”. Bonifacio se sentó en el sillón contiguo al de Dolita, se tapó con su propio abrigo y se adormeció. Aún estaba medio despierto cuando notó que alguien le tomaba de la mano y se quedó dormido con la sonrisa en los labios.





     El sol entraba por el ventanuco  interior que daba alguna luz al pequeño cuartito del Tony, y el chico abrió los ojos y se estiró, bostezando ruidosamente. Como la mayoría de las mañanas, le invadió una vaga insatisfacción al contemplar su cuarto, en el que sólo había una mesa camilla, una balda para sus libros escolares y un armario pequeño. Su cama se empotraba en la pared cuando él no la usaba, porque estando extendida, no se podía abrir del todo la puerta; así de pequeña era la habitación. Y hablando de puerta, a través de la misma, entreabierta, el chico podía oír voces, la de su madre y la del Vinagrón, que hablaban bajito. No parecían de buen humor y eso le alegró. Hasta que captó las palabras. 

     -Dolita, no ha sido más que una broma estúpida, nada más. 

     -¿Broma estúpida? No.

     -Mujer, él no…

     -Boni, no quieras disculparle encima. ¡Si se le llega a ir la mano, me podría hasta haber matado!

    -Por favor, no dramatices tanto… - Tony gateó por la cama y se acercó al borde de la puerta para atisbar por ella. El Vinagrón sonreía y tomaba de las manos a su madre, que estaba sentada junto a él en el sofá, ¡menos mal que dijo que no se lo iba a contar, vaya un chota! ¡Tiempo le había faltado para delatarle! ¡Claro, así ganaba puntos! – No fue más que una broma, tonta, pero una broma; nadie se muere por un bromazo. Y además, el blanco debía haber sido yo, él no podía saber que nos cambiaríamos las tazas.

     -Valmayor, ¿te importa, por un momento, ponerte de mi lado, y no del suyo? 

    -Mujer, es que no quiero que saques de quicio algo tan…

    -Gordo. – Tony vio la cara del Vinagrón hacer un gesto de abatimiento. – Sí, es algo gordo que mi propio hijo pretenda envenenar a un hombre sólo porque me gusta. Pero es más gordo aún que tú le encubras y me digas “no, no, te sentó mal la cena”, sabiendo que me voy a dar perfecta cuenta de que cogí la cogorza de mi vida, cuando no bebí una gota de alcohol. Me fastidia muchísimo que pretendas taparle, cuando yo sé que se merece una reprimenda. – Tony contuvo la respiración. Espera… ¿el Vinagrón, al final, no le había delatado? – Y se la voy a echar ahora mismo, levantándole a patadas de la cama.

    -¡Prométeme que no! – El Vinagrón impidió que Dolita se levantara y apretó contra su amplio y grueso pecho las manos de la mujer, y ella se detuvo. Una de las anchas manos de Valmayor acarició la mejilla de Dolita - ¿No ves lo que le pasa? Tiene celos, eso es todo. Y quince años. Es un niño… un niño que te ha tenido para él toda la vida, y a quien no le caigo bien. Si le regañas por culpa mía, me va a coger aún más ojeriza, te dará la lata todo el día con lo malo que soy para ti, y tú le regañarás más, me tomará más manía… y tu casa se convertirá en una batalla campal diaria, y al final, ¿sabes qué pasará? Que te darás cuenta que vivías mucho más tranquila sola, y me acabarás dejando para no tener más peloteras con tu hijo. 

    En su cuarto, Tony quiso cerrar la puerta del todo, meterse otra vez bajo las mantas y hacer como que no había oído nada. Le reventaban las maneras razonables y comprensivas del Vinagrón, pero lo que le hizo polvo, fue el escuchar el sollozo. Su madre sorbía por la nariz y el Vinagrón sonrió y la apretó contra él, besándole la frente.

     -Créeme, pásalo por alto. Tómalo como una broma, no le des importancia. Si ve que ninguno le damos importancia, se acabará cansando. 

     -Me gustaba tanto pensar… - musitó Dolita, abrazando a Valmayor. -  pensar que le caías bien. Que lo aceptaba. ¿Hacemos algo tan malo, Boni? Es decir… ¿es un crimen? Joder, es la misma sensación, el mismo malestar, ¿es que siempre me tengo que sentir así cada vez que me arrimo a un hombre? – El Vinagrón la miraba inquisitivo, y Tony, desde su cuarto, ignorando la bola que tenía en la garganta, estaba igual; no entendía qué quería decir su madre. – Es igual que entonces, cuando era una cría y me gustaba el Antonio, y mi padre… Mi padre no dejaba de regañarme, castigarme y echarme sermones, y decirme lo mucho que le disgustaba cada vez que me veía cerca de su caseta, o que le contaban que me habían visto con él. Entonces yo les quería a los dos. Elegí mal y me quedé sin ninguno, pero tuve a Tony, que es lo que más quiero. Y ahora me siento igual, pensando que haga lo que haga, me voy a equivocar, y que cada vez que quiero a un hombre, lo pierdo todo. ¿Y si ahora pasa igual, y si por elegir mal pierdo a mi…?

     -No, no pienses eso, Dolita. No va a pasar. Antes que eso pudiera suceder, me aguanto y me esfumo, pero yo no te voy a poner en esa decisión; no va a pasar nunca, Doli… - Valmayor acariciaba el cabello de su madre, y Tony no aguanto más. 

     -Tiene razón, mamá. No va a pasar nunca. – Dijo desde la cama. Rápidamente se levantó, plegó la cama como pudo y salió de su cuarto tal como estaba, llevando el viejo chándal que le llegaba por media pantorrilla que le servía de pijama. 

    -¡Tony! ¿¡No me digas que estabas escuchando?! – Se escandalizó su madre.

    -Sí, y me alegro de haberlo hecho. Mamá, no tienes que elegir. Yo… Valmayor tiene razón, fue una broma estúpida, y me arrepiento de haberla hecho. Quería dejarle en ridículo delante de ti, pero no tenía ninguna razón para ello… Mamá, puedes salir con quien quieras, es tu vida, pero… si sigues saliendo con el señor Valmayor, yo no sólo me daré un punto en la boca, sino que me alegraré de ello. 

    Tony sabía que no era cierto, que no se alegraba lo más mínimo y que el Vinagrón le seguía cayendo como una patada. Pero aquél hombre quería a su madre, y lo que era más importante aún: su madre le quería también. Qué hubiera podido ver en aquélla especie de berenjena bigotuda, calva y tripona, era algo que Tony no entendía, y no estaba seguro de querer entender nunca, pero sí sabía que él había tenido verdadero miedo de niño a los padres de su madre por el modo en que la trataban, y conforme fue creciendo, ese miedo se hizo odio. Eran los “viejos malos” que sólo tenían malas caras y reproches, que jamás fueron a verles ni se preocuparon por ellos, que a veces fingían no estar en casa cuando iban a verles, y que directamente no abrían si tenían visitas… Lo último que podía querer Tony, era parecerse a ellos, obligando a su madre a elegir entre el Vinagrón y él. Sabía que eso significaba tener que permitir a ese hombre entrar en su vida y soportarle, pero cuando su madre le dejó las mejillas dormidas a besos y le miró con ojos brillantes, pensó que podía pasarlo. “Te mereces a alguien mejor, mamá, mucho mejor… pero si esto lo que tú quieres, supongo que tienes derecho a tenerlo”, pensó Tony, de nuevo en su cuarto, mientras se vestía. En el saloncito, su madre y Valmayor sonreían y chocaron el puño. No sólo los niños atisban por una puerta entreabierta para ver si llega un profesor… también los adultos lo hacen para ver si estás despierto, cuando les interesa que oigas lo que tienen que decir.



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