-Hoy, quieres demostrar que eres mayooor… tu Ă©xito serĂ¡ el sabooor… - Es cierto, lo mĂ¡s apropiado para una fiesta de Navidad, serĂ­an villa...

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-Hoy, quieres demostrar que eres mayooor… tu Ă©xito serĂ¡ el sabooor… - Es cierto, lo mĂ¡s apropiado para una fiesta de Navidad, serĂ­an villancicos y no canciones de viejos anuncios publicitarios, pero a Gema de Blas se le habĂ­a metido en la cabeza esa canciĂ³n, y teniendo en cuenta que la comida habĂ­a sido preparada por ella, Dulce y otro par mas de trabajadoras del ministerio de Hacienda, tampoco estaba tan mal elegida.

-Buen sabor, todo en casa sabe mejooor… - coreĂ³ Dulce, desde la otra silla, donde sostenĂ­a el extremo de la tira de espumillĂ³n que ambas colocaban. Era 24 de Diciembre y estaban preparando la pequeña fiesta de Navidad que daban esa tarde, despuĂ©s del trabajo, y tenĂ­an por delante un fin de semana de tres dĂ­as gracias al dĂ­a de Navidad. Esa misma mañana apenas habĂ­a venido nadie, la contabilidad estaba cerrada hasta Año Nuevo, todo estaba muy tranquilo y el trabajo era casi inexistente, todo el mundo estaba mĂ¡s concentrado en la fiesta de por la tarde que en otra cosa.

Beto no dejaba de mirar las piernas de Dulce, subiendo y bajando de las sillas para colgar espumillĂ³n, pero habĂ­a otra cosa que lo atraĂ­a aĂºn mĂ¡s. Ella llevaba un jersey con escote de pico que le dejaba un balcĂ³n que ponĂ­a bizco a Beto… y ademĂ¡s, era un jersey navideño, mostraba una casita y un abeto nevados sobre fondo azul con copos de nieve, era tan bonito… A Beto le encantaba la Navidad, era su fiesta favorita del año, y le encantaba Dulce y los corsĂ©s que usaba para resaltar sus preciosos pechos, asĂ­ que tenĂ­a juntas las dos cosas que mĂ¡s le gustaban (salvando los helados) y no podĂ­a dejar de mirarla, sonriendo con su aire de bobo encantador. Finalmente no pudo aguantar mĂ¡s y se levantĂ³ de la silla para ir a ver si podĂ­a hacer algo que justificase estar cerca de ella.

-Sujeta ahĂ­, Dulce- pidiĂ³ Gema mientras ella tomaba la guirnalda para sujetarla con celo a la pared. Dulce se estiraba todo lo que podĂ­a, pero aĂºn asĂ­ el techo estaba demasiado alto, y la tira de espumillĂ³n no quedaba bien.

-No llego mĂ¡s arriba… - se quejĂ³ la joven, de puntillas sobre la silla y con un pie sobre la fotocopiadora, intentando estirarse mĂ¡s aĂºn. Entonces, emitiĂ³ un grito de sorpresa que acabĂ³ en una carcajada, porque Beto llegĂ³ por detrĂ¡s, le metiĂ³ la cabeza entre las piernas sujetĂ¡ndola de los muslos y la sentĂ³ sobre sus hombros para auparla.

-¿Llegas ahora? – preguntĂ³ Beto desde debajo de la falda escocesa de Dulce, que le tapaba casi media cara.

-Ahora sĂ­, gracias. – contestĂ³ ella entre risas. Puede que Beto no fuese demasiado alto, ni tampoco excesivamente inteligente, pero sĂ­ que era muy servicial. La propia Gema se reĂ­a sin disimulos. – Tal vez sea mejor usar la escalera – sugiriĂ³ Dulce cuando su novio la dejĂ³ nuevamente en el suelo – Aunque sĂ³lo sea para no destrozarte los hombros.

-Pues si tĂº puedes irte ocupando de las guirnaldas, yo irĂ© trayendo la comida – dijo Gema y se marchĂ³ a ir sacando pasteles, sĂ¡ndwiches y tortillas de diversas tarteras, y Dulce se subiĂ³ a la escalera para colocar espumillĂ³n.

Beto sostenĂ­a en sus brazos la tira de espumillĂ³n para que Ă©sta no se despegara por el peso mientras Dulce la colgaba, y estaba justo bajo la escalera. SabĂ­a que no debĂ­a mirar hacia arriba, no debĂ­a hacerlo, no era caballeroso… Pero los ojos se le escapaban por mucho que bajase la cabeza. "Tiene unas piernas tan redondeadas… y unos muslos tan gorditos y fuertes…" pensaba el funcionario, intentando concentrarse en los botines negros de Dulce, y no en lo que verĂ­a si miraba mĂ¡s hacia arriba. La falda a cuadritos rojos y verdes de su novia se elevaba ligeramente cuando ella se estiraba, dejando ver un poco mĂ¡s arriba de la mitad del muslo. Ella llevaba medias abrigadas, pero transparentes, lo que daba a sus piernas un brillo realmente tentador, y, Beto lo sabĂ­a, no ocultaban su ropa interior si a Ă©l le diese por mirar hacia arriba. Pero no iba a hacerlo, porque era un caballero. Aunque Dulce fuese su novia, Ă©l no iba a ser tan grosero de mirar para arriba para verle las bragas.

-Beto, ¿quieres por favor correr la escalera hacia la izquierda, y asĂ­ no tendrĂ© que bajarme? – pidiĂ³ Dulce, y el funcionario agarrĂ³ la escalera con ambas manos y tirĂ³ de ella con cuidado, con Dulce agarrada a las guĂ­as. - ¿QuĂ© te pasa? Te encuentro raro… - Beto alzĂ³ la cabeza para asegurar que estaba bien, y el corazĂ³n le dio un vuelco; sin querer, habĂ­a visto mĂ¡s de lo debĂ­a, las piernas de Dulce casi enteras y en medio de la sombra de la falda, el inicio de un pequeño triangulito blanco. De inmediato agachĂ³ la cabeza, colorado como un tomate y con una risita de timidez - ¡Ay! SerĂ¡s sinvergĂ¼enza… ¿Con que era eso? – Dulce se encogiĂ³ instintivamente y Beto asintiĂ³, mudo, Ă©l habĂ­a intentado contenerse, aquello habĂ­a sido accidental, pero Dulce parecĂ­a mĂ¡s divertida que enfadada, y con mirada de picardĂ­a, volviĂ³ a estirarse, subiĂ³ un escalĂ³n mĂ¡s arriba y subiĂ³ una pierna al Ăºltimo escalĂ³n.

"No, no, no…." Se dijo Beto con la mirada fija en el tobillo de Dulce, luchando con todas sus fuerzas, pero finalmente sus ojos fueron mĂ¡s fuertes que su voluntad, y se elevaron sin que pudiera evitarlo. Con calor creciente, recorrieron las pantorrillas, luego las rodillas, llegaron a los muslos, la pierna izquierda se separaba por un escalĂ³n, y finalmente, arriba de todo, en medio de ellas, la blanca tela de las bragas que cubrĂ­a el sexo de Dulce. Las bragas estaban estampadas con ramitas de muĂ©rdago y campanitas. "Bragas navideñas…" pensĂ³ el funcionario, que tambiĂ©n llevaba sus calzoncillos de fiesta, rojos con dibujos de gorritos de PapĂ¡ Noel. Antes de poderse dar cuenta, tenĂ­a la cara vuelta hacia arriba, con una adorable sonrisa tontorrona abierta en su cara, encantado con lo que veĂ­a, bebiĂ©ndose hasta el Ăºltimo detalle, mientras le parecĂ­a oĂ­r de lejos la risita de su novia… el vuelo de la falda aleteando en torno a sus muslos, el bulto que hacĂ­an los labios vaginales de Dulce; la rayita que se adivinaba en medio de ellos y que era la entrada donde tanto le gustaba meterse; la tensiĂ³n que hacĂ­a la tela en la parte delantera, que era donde mĂ¡s se abultaba la rosada rajita y donde Dulce tenĂ­a su puntito mĂ¡gico, y… anda, ¿y esa manchita en el centro? No estaba hace un momento… y entonces cayĂ³ en la cuenta de lo que sucedĂ­a, Dulce sabĂ­a que la estaba observando, que se la estaba comiendo con los ojos, y eso la ponĂ­a contenta, tenĂ­a ganas de hacer cositas con Ă©l… Beto soltĂ³ su risita de timidez, pero lo cierto es que Ă©l tambiĂ©n tenĂ­a ganas, era tan bonito lo que estaba mirando…

-Betito… - susurrĂ³ Dulce, y Ă©ste cambiĂ³ el foco – eeeh… ponte frente a la pared, anda, que se te nota mucho.

El funcionario puso carita de no entender, pero entonces bajĂ³ la vista y vio a quĂ© se referĂ­a su novia, sus ganas eran demasiado evidentes y hacĂ­an un Ă¡ngulo de 90con sus piernas… y aumentando. Se sonrojĂ³ violentamente y se volviĂ³ hacia la pared, recitando para sĂ­ los tramos de lecciones mĂ¡s aburridos, de cuando estudiaba el bachillerato, que se le venĂ­an a la cabeza; "Las rocas minero-metamĂ³rficas cornubianitas GutiĂ©rrez que le veo son aquellas que han sido formadas a partir de otra roca mediante un proceso llamado metamor silencio al fondo metamorfismo…" (Beto tomaba los apuntes al pie de la letra y se los aprendĂ­a igual; de no haber sido por Oli, su primo favorito, que le corregĂ­a los apuntes a pesar de ser cinco años menor que Ă©l, hubiera sido la primera persona en suspender estrepitosamente teniendo un examen perfecto a pesar de todo…), hasta que logrĂ³ que su cuerpo se calmase. Dulce le sonriĂ³ y se dejĂ³ deslizar por las guĂ­as de la escalera para bajar de la misma, su falda revoloteĂ³ dĂ¡ndole una apariencia de ingravidez por unos instantes, y su novio le sonriĂ³.

Dulce agarrĂ³ una bolita de muĂ©rdago de adorno y la sostuvo por encima de la cabeza de Beto para tener un pretexto para darle un tĂ­mido beso.

-¡Hep, vosotros! ¡Id a un hotel! – les llamĂ³ la atenciĂ³n Carvallo, el mĂ¡s temido de los inspectores de Hacienda, que acababa de entrar de la calle con una caja llena de hojas, ramitas y el verde que habĂ­a podido encontrar entre la nieve y la escarcha, para decorar el belĂ©n. Lo cierto es que los apreciaba mucho, pero el pasteleo que se traĂ­an Beto y Dulce le parecĂ­a inapropiado en el lugar de trabajo aunque fuese fiesta, sus coqueteos ya le habĂ­an traĂ­do algĂºn disgusto y ademĂ¡s estaba de un humor poco recomendable debido a la congelaciĂ³n que habĂ­a pasado para recoger las ramitas (pero todos estaban de acuerdo: si habĂ­a alguien en el mundo capaz de encontrar algo verde bajo una nevada, ese era el Zorro Carvallo… serĂ­a capaz de encontrar el Santo Grial si le decĂ­an que formaba parte de un fraude fiscal). Beto y Dulce se rieron, hacer rabiar un poco a Carvallo era muy divertido. Sin soltarle de los brazos, Dulce preguntĂ³ en voz baja si, despuĂ©s de la fiesta, querrĂ­a ir a cenar con ella…

-¿A tu casa, quieres decir? – preguntĂ³, y ella asintiĂ³. -ChĂ­ – susurrĂ³ Beto, encantado con la idea, porque sabĂ­a que la perspectiva incluĂ­a no sĂ³lo cena, sino tambiĂ©n "cositas", y le gustaba tanto una cosa como la otra.

Una vez todo colocado, finalmente echaron el cierre un poco antes e hicieron el amigo invisible que habĂ­an preparado. A Dulce le cayĂ³ un frasco de perfume con aroma a chocolate, y a Beto un par de calcetines gruesos tejidos a mano.

-Lo confieso, le habĂ­as tocado a Carvallo, pero le pedĂ­ que me lo cambiara – le murmurĂ³ su novio, muy colorado, que no dejaba de mirarla el escote por mĂ¡s que quisiera disimularlo. Dulce le besĂ³ en la mejilla y mientras todos empezaban a brindar, nadie notĂ³ que el regalo de Gema de Blas, aparentemente un libro de moda, llevaba entre las pĂ¡ginas, cuidadosamente dobladas, prendas Ă­ntimas reducidas a la mĂ­nima expresiĂ³n. Su mirada se cruzĂ³ con la de Carvallo que, fingiendo que se rascaba el puente de la nariz, le guiĂ±Ă³ un ojo.

La celebraciĂ³n empezĂ³ amigablemente sirviendo cava y brindando, pero el bueno de Beto estaba a otras cosas. La verdad que habĂ­a dudado entre regalarle el perfume de chocolate o un bonito juego de corsĂ© "mamĂ¡ Noel" que habĂ­a visto, pero temiendo que ella pudiera incomodarse por recibirlo delante de todos, lo tenĂ­a en casa para dĂ¡rselo al dĂ­a siguiente… pero no podĂ­a dejar de pensar en lo guapĂ­sima que iba a estar con ello puesto. Y lo cierto que ya estaba guapĂ­sima ahora, con ese escote que dejaba ver el travieso canalillo. Sin que pudiera evitarlo, se le venĂ­a a la cabeza cuando ella le enseĂ±Ă³ a coger chupitos de Ă©l, y el dulce aroma que emanaba de su piel cada vez que se inclinaba, el roce de su nariz contra su piel cĂ¡lida, los pezoncitos rosados abultĂ¡ndose contra la tela del sostĂ©n… de pronto, tenĂ­a mucho calor. Y antojo, un antojo tremendo de tocarle los pechos.

"Me bastarĂ­a con tocĂ¡rselos un poquito…" pensaba "No hablo de… llegar hasta el final, me conformarĂ­a con poder tocarlos, notar su calor en mis manos, siempre los tiene tan calentitos y huelen tan bien… es como acariciar dos panecillos redondos reciĂ©n hechos". Se dio cuenta que Dulce le estaba mirando y le sonreĂ­a, irguiĂ©ndose y echando un poco hacia atrĂ¡s los hombros, porque sabĂ­a a dĂ³nde estaba mirando su Beto, y la verdad es que a ella le gustaba que lo hiciera. Él le devolviĂ³ la sonrisa, un poco apurado por verse descubierto, y la joven sonriĂ³ mĂ¡s y apretĂ³ los brazos para resaltar el canalillo. A Beto se le tensĂ³ un mĂºsculo de la cara y luchĂ³ por desviar la vista, pero casi al segundo estaba mirando otra vez, con las mejillas de un tono mĂ¡s rosado de lo habitual. Dulce se acercĂ³ a Ă©l y le ofreciĂ³ un pedazo de tarta de nata que ella misma habĂ­a hecho.

-Me parece que "alguien" de por aquĂ­ me encuentra muy guapa hoy… - susurrĂ³.

- ¿QuiĂ©n? – preguntĂ³ Beto mirando hacia todos lados, con curiosidad genuina.

-TĂº, corazoncito… - Dulce sonriĂ³. Ya deberĂ­a estar acostumbrada a que su novio era incapaz de pescar una sencilla indirecta, ni una pregunta retĂ³rica, ni una ironĂ­a, pero lo cierto es que a veces, lo olvidaba. Beto agachĂ³ la cabeza, sonriendo como el adorable bobo que era.

-Sí… - reconociĂ³ – Es que estĂ¡s muy guapa hoy. Quiero decir, todos los dĂ­as estĂ¡s guapa, nunca estĂ¡s fea, siempre me gustas… pero hoy, mĂ¡s. Me encanta la Navidad y me encantas tĂº, y es la primera vez que tengo juntas dos cosas que me gustan tanto. – ProbĂ³ la tarta y se corrigiĂ³ – Bueno, tres cosas.
Dulce le mirĂ³ con sus ojos ambarinos, esos ojos medio verdes, medio amarillos, con esa mirada tan tierna que ella sabĂ­a poner y que a Ă©l le daban ganas de gemir como un cachorrito y acurrucarse contra sus pechos… Eso le encantarĂ­a, notar el tacto cĂ¡lido de sus pechos contra su mejilla, podĂ­a oĂ­r los latidos de su corazĂ³n cuando lo hacĂ­a, se le movĂ­an con la respiraciĂ³n y podĂ­a ver cĂ³mo los pezones cambiaban, cĂ³mo se ponĂ­an tiesos enseguida apenas los medio rozaba con un lado de la boca… "quiero hacerlo, quiero hacerlo ahora" pensĂ³ "tengo que tocarla, quiero tocarle los pechos ahora mismo". Se apurĂ³ la tarta mientras pensaba y Dulce escuchaba las conversaciones a su alrededor.

-Eeeh… Dulce… - la joven se volviĂ³ a mirarle - ¿Te ha enseñado Carvallo lo que tiene en su despacho?
-¿En su despacho…? No, ¿quĂ© es?

-Es un secreto. – Beto se llevĂ³ un dedo a los labios, intentando que no se le escapase la risa – Si vienes conmigo, te lo enseño.

Dulce le mirĂ³ de soslayo, sonriendo. MentĂ­a fatal… pero mirĂ³ a la sala, donde vio que todo el mundo estaba a lo suyo, y luego volviĂ³ a mirarle a Ă©l, y le tendiĂ³ la mano. Beto se la agarrĂ³ con una sonrisa triunfal y se fueron. El despacho de Carvallo tenĂ­a las persianas bajadas y cerradas y estaba a oscuras, sĂ³lo una dĂ©bil penumbra permitĂ­a adivinar contornos de los muebles, y Beto cerrĂ³ el pestillo cuando entraron, y le pareciĂ³ que hacĂ­a un chasquido que se habrĂ­a oĂ­do en todo el edificio, pero Dulce pareciĂ³ no darse cuenta de aquello.

-Bueno… ¿cuĂ¡l era ese gran secreto? – preguntĂ³. Beto resoplĂ³.

-Dulce… te he mentido. – confesĂ³, sin dejar de sonreĂ­r – No hay ningĂºn secreto. SĂ³lo querĂ­a… sĂ© que he hecho mal, sĂ© que he sido malo, pero… querĂ­a…. Eeeh… estĂ¡s muy guapa, Dulcita, y…

-Beto… - Dulce estaba casi fascinada, ya suponĂ­a quĂ© querĂ­a su novio, pero… ¿¿¿un tipo tan inocentĂ³n como Ă©l haciendo algo semejante??? - ¿me estĂ¡s diciendo que me has traĂ­do hasta aquĂ­ con engaños para seducirme….?

-Eeeeh… bueno… yo… en realidad, yo… sĂ³lo querĂ­a tocarte los pechos… - AdmitiĂ³, y Dulce estuvo a punto de soltar la risa, pero sĂ³lo sonriĂ³, se acercĂ³ a su novio, le tomĂ³ de las manos y las llevĂ³ a sus tetas, Beto tartamudeĂ³ un gemido y las piernas le temblaron como si fueran de gelatina, ¡quĂ© calentitas eran!

-¿Era esto lo que querĂ­as, corazoncito…? – preguntĂ³. Beto tuvo que conformarse con asentir, mordiĂ©ndose el labio inferior e intentando mirarla a los ojos, pero por mĂ¡s que lo intentaba, sus ojos se desviaban hacia el canalillo. El funcionario tenĂ­a las manos quietas sobre sus pechos, le encantaba simplemente sentirlos en sus manos, le excitaba muchĂ­simo permanecer asĂ­ un rato, sin moverse, sĂ³lo notando su firmeza, su blandura, su calor… aĂºn por debajo del sostĂ©n y el jersey de lana, podĂ­a notar cĂ³mo los pezoncitos se ponĂ­an erectos contra sus palmas, y la cara se le desencajĂ³ en una sonrisa de placer, mientras sus pantalones volvĂ­an a quedarse pequeños. No querĂ­a que eso sucediera, pero su cuerpo tenĂ­a el feo vicio de pensar sin Ă©l, y la situaciĂ³n era demasiado agradable para oponer resistencia.

Dulce le acariciaba muy despacio las manos que Ă©l conservaba quietas sobre sus pechos. "A veces, creo que le gusta esta inmovilidad porque es una forma de hacerse a la idea de que son para Ă©l… disfruta pensando que son "suyos" en cierto modo, que son para que Ă©l disfrute…. Mmmh… quĂ© calientes tiene las manos, me excita muchĂ­simo que no las mueva, me hace sufrir un poquito…". Finalmente, Beto no aguantĂ³ mĂ¡s y un travieso dedo Ă­ndice empezĂ³ a acariciar el escote, siguiendo la lĂ­nea de la ropa, deteniĂ©ndose en el canalillo. Dulce le tomĂ³ con ternura la mano y le hizo meter la punta del dedo entre sus pechos, y al funcionario se le escapĂ³ un gemido al notar el tĂ³rrido calor, y un maravilloso latigazo de intenso placer le atacĂ³, reflejĂ¡ndose hasta su pene, que pareciĂ³ gritar por atenciĂ³n.

-¿Te gusta lo calentito que estĂ¡, Culito Mullido…? – preguntĂ³ ella en un susurro grave mientras se acercaba mĂ¡s a Ă©l, y a su Beto se le escapaba por un momento la risa tonta, como siempre que ella le llamaba por ese apodo - ¿te imaginas lo que sentirĂ­as si metieras entre ellos tu cosita? Tu tita siendo apretada por mis pechos, le darĂ­a golpecitos con ellos, la estrujarĂ­a entre ellos mientras la lamo por la punta… ¿te gustarĂ­a?

-Haaah… Dulce… no… no me digas esas cosas, por favor… No podrĂ© resistir… - Beto casi se inclinaba sobre su novia, con el cuerpo temblĂ¡ndole de excitaciĂ³n, mientras su mano libre reptaba hacia las nalgas de Dulce y terminĂ³ apretĂ¡ndolas con fuerza y su dedo, guiado por ella, entraba y salĂ­a de entre sus pechos. Su boca se abrĂ­a buscando mĂ¡s aire y la joven le besĂ³, lamiĂ©ndole los labios, despuĂ©s la lengua, y finalmente depositando su boca sobre la suya, abrazĂ¡ndole con la mano libre y una pierna.

-Pues no resistas, corazoncito… vamos a hacerlo, anda, venga… siĂ©ntate y deja que te lo haga, ya verĂ¡s quĂ© bueno…

Beto intentĂ³ aguantar, sabĂ­a que habĂ­a sido Ă©l quien habĂ­a empezado aquello, pero su intenciĂ³n era sĂ³lo la de tocarla, palabra, no la de llegar hasta el final, y menos aĂºn hacer algo tan perverso como aquello… pero Dulce le besĂ³ y tirĂ³ suavemente de Ă©l para llevarle a la silla de Carvallo y el funcionario fue incapaz de oponerse, se dejĂ³ llevar y sentar, y ni el darse cuenta que estaban a punto de mancillar el reducto sagrado de su jefe y el mĂ¡s feroz inspector de Hacienda, le hizo recobrar la cordura, sĂ³lo fue capaz de agarrarse a los reposabrazos y sudar de excitaciĂ³n cuando su novia se arrodillĂ³ entre sus piernas y le desatĂ³ nerviosamente el cinturĂ³n y el pantalĂ³n del traje. "Carvallo nos mata, esta vez nos va a matar de verdad", pensĂ³ Beto torpemente, pero no hizo nada para intentar que ella desistiera, sĂ³lo la ayudĂ³ a retirar la ropa y dejar al descubierto su erecciĂ³n. Dulce la contemplĂ³ durante unos segundos.

-Es tan hermosa… me encanta cuando estĂ¡ asĂ­, erecta… - la joven se la comĂ­a con los ojos, acercĂ¡ndose ligeramente, con los labios entreabiertos, a punto de rozarla. Beto podĂ­a notar el calor de su vaho, y le pareciĂ³ que a ella le pasaba con su tita algo parecido a lo que a Ă©l con sus pechos: que una vez se la ponĂ­an delante, ya no podĂ­a dejar de mirarla. Dulce se sacĂ³ el jersey por la cabeza y empezĂ³ a dar lametoncitos muy suaves en el glande de su novio. Beto gimiĂ³ y se encogiĂ³ de gustito, la sensaciĂ³n era tan agradable que le parecĂ­a que iba a perder el sentido, y eso que ella apenas habĂ­a empezado. El delicioso cosquilleo se extendĂ­a por todo su miembro y se cebaba en su estĂ³mago y en los muslos, pero casi se le parĂ³ el corazĂ³n cuando vio que Dulce se echaba las manos a la espalda para desabrocharse el sostĂ©n, blanco y con estampado de hojitas de muĂ©rdago y campanitas, a juego con las bragas que habĂ­a visto pocas horas antes.

"De verdad lo va a hacer, me va a estrujar la tita con sus pechos redonditos…" Beto se mordiĂ³ el puño, convencido de que iba a enloquecer de placer, no iba a poder aguantarlo. Dulce le mirĂ³ con una sonrisa pĂ­cara, casi maliciosa. TenĂ­a las mejillas coloradas y se agarraba los pechos con las manos. Se acercĂ³ mĂ¡s a Ă©l y empezĂ³ a acariciarle con ellos, y el pobre funcionario la abrazĂ³ con las piernas entrecruzando los pies a su espalda, preso de una convulsiĂ³n. Su novia pasaba sus pechos arriba y abajo por su miembro, lo agarrĂ³ con una mano y le dio golpecitos contra sus tetas, moviĂ©ndoselas, jugueteĂ³ con sus pezones hasta que una gotita de jugo transparente supurĂ³, mojĂ¡ndole el pezĂ³n, haciendo que el glande resbalara limpiamente por la piel… cada roce, cada caricia, era una corriente de chispas que electrificaban el miembro del bueno de Beto y le hacĂ­an estremecer de placer.

"Me encanta hacerle estas cosas… pone unas caritas de gusto y sorpresa tan tiernas…" se decĂ­a Dulce, acariciando el miembro de su novio, bamboleĂ¡ndose contra Ă©l para que sus tetas le dieran a cada movimiento. Y tenĂ­a razĂ³n. Beto habĂ­a estado casado, pero su ex esposa no habĂ­a sido muy generosa con Ă©l en prĂ¡cticamente ningĂºn aspecto, de modo que la mayorĂ­a de juegos sexuales eran una novedad para Ă©l, y ella adoraba descubrĂ­rselos. Por fin, se agarrĂ³ los pechos y se dejĂ³ caer sobre Ă©l, abrazĂ¡ndole la tita entre ellos. Beto ahogĂ³ un grito y tiritĂ³, con los ojos desencajados, mirĂ¡ndola con estupor, hasta que su boca se abriĂ³ en una sonrisa sorprendida, y el gemido parecĂ­a que le quisiera rasgar el pecho de tanta fuerza como lo contenĂ­a… ¡le encantaba!

-¿Te gusta, corazoncito…? DĂ­melo, porque si no te gusta, me paro… - susurrĂ³ Dulce y su novio negĂ³ vigorosamente con la cabeza, pero le costĂ³ tres intentos reunir fuerzas para hablar.

-No… no pares, Dulce, por favor, no te pareees… - musitĂ³ con una voz algo mĂ¡s aguda de lo normal, lo que le pasaba cuando se excitaba. Su novia sonriĂ³ y empezĂ³ a moverse, arriba y abajo, apretĂ¡ndole entre sus pechos, ¡quĂ© calor daban! Es cierto, su rajita estaba mĂ¡s caliente y mĂ¡s hĂºmeda, se deslizaba con mĂ¡s facilidad, pero aquĂ­ los apretones eran mayores, y el calor era distinto. Era travieso, era hacer cositas de un modo que no debĂ­an hacerse porque asĂ­ no era como Ă©l habĂ­a leĂ­do que se hacĂ­an en el "¿De dĂ³nde venimos?", era como cuando se lo hacĂ­a con la boca, romper las reglas establecidas… y le encantaba, le gustaba muchĂ­simo.

Beto miraba sin parpadear siquiera cĂ³mo las tetas de Dulce le apretujaban su indefensa tita, que no podĂ­a hacer mĂ¡s que estremecerse de gusto y gozar. Le parecĂ­a que le picaba, le ardĂ­a… la presiĂ³n en sus testĂ­culos se hacĂ­a mayor a cada momento, y cada roce de los pechos de su novia le llevaba al cielo. Sus ojos querĂ­an cerrarse de gusto a cada frote, pero Ă©l pugnaba por mantenerlos abiertos, querĂ­a mirar. Dulce le miraba a los ojos con expresiĂ³n de vicio, y eso le excitaba mĂ¡s aĂºn. Hubiera querido tocar, poner sus manos sobre las de ella, pero no se atrevĂ­a, era demasiado perfecto, temĂ­a estropearlo, distraerla… sus piernas, enlazadas a la espalda de su novia, daban convulsiones elĂ©ctricas cada pocos segundos y sus pies se elevaban del suelo.

-¡Haaaaaaaah… avisa primeroooh, jijiji…! – A Beto se le escapĂ³ la risa y le costĂ³ Dios y ayuda no elevar la voz al gemir, ¡Dulce se habĂ­a metido su glande en la boca! ¡Mmmh, quĂ© rico! Chupaba y aspiraba, apretĂ¡ndole tambiĂ©n la cabecita, lamiĂ©ndole… El funcionario se echĂ³ un poco hacia atrĂ¡s, luchando por respirar, sintiendo su tita exprimida entre las tetas de Dulce y la punta mimada por su lengua, perfilada por sus dientes, entre sus labios esponjosos, ¡estaba en la gloria! Era una lĂ¡stima que no pudiese seguir sintiĂ©ndose asĂ­ siempre, o por lo menos, mĂ¡s rato, porque el gustirrinĂ­n le estaba llegando, no iba a ser capaz de aguantar mucho mĂ¡s… - Dulce… Duuuulce… me… me…

La joven ya sabĂ­a quĂ© querĂ­a decir, y acelerĂ³. SabĂ­a que Beto tenĂ­a vergĂ¼enza de que ella lo tragase, y eso precisamente la gustaba mĂ¡s aĂºn, el funcionario supo que ella iba a hacerlo, iba a hacerlo otra vez, no pensaba parar, iba a hacer que Ă©l terminase en su boca, y la idea le resultĂ³ increĂ­blemente excitante, y se dejĂ³ llevar sin poder contenerse. El calor aumentĂ³, sus caderas empezaron a moverse solas, el delicioso placer cĂ¡lido se centrĂ³ en su bajo vientre y entonces pareciĂ³ explotar, derramarse y fundirse por todo su cuerpo en oleadas que lo electrizaban, y en una maravillosa convulsiĂ³n expulsĂ³ el semen en la boca de Dulce, que tragĂ³ rĂ¡pidamente, chupando sin parar, apretĂ¡ndole la tita como si quisiera vaciarle por completo, mientras se le escapaba un "mmmmmmh…." al sentirlo dentro de su boca, tan caliente y espeso, ligeramente agridulce…

-Haah… haaah… mmmmmmmmmmh…. – Beto tenĂ­a las gafas casi en la punta de la nariz, se le habĂ­an escurrido por el sudor, y no parecĂ­a capaz de afrontar el esfuerzo de recolocĂ¡rselas… ni tampoco que le importase demasiado. Su rostro era la felicidad absoluta y Dulce le sonriĂ³, complacida. Adoraba darle placer. – Dulcita, cuĂ¡nto te quiero… - logrĂ³ articular, desmadejado en la silla – pero… pero asĂ­, tĂº no has gozado nada… ¿quieres… puedo…?

Beto intentĂ³ rehacerse para darle placer a su novia, pero ella sonriĂ³ y negĂ³ con la cabeza, gateĂ³ para acurrucarse contra Ă©l y se fundieron en un largo beso. "En casa", susurrĂ³ la joven, llevando de nuevo la mano de su novio hacia sus pechos aĂºn desnudos, y Beto la acariciĂ³, recostando su cabeza en los hombros de la joven. "Es tan dulce…" pensĂ³ ella "tan maravillosamente tierno… sĂ© que aĂºn es un poco pronto, pero… sĂ© que me quiere, y yo le quiero a Ă©l, ¿quĂ© sentido tiene esperar mĂ¡s?"

-Betito… dime una cosa, ¿quieres vivir conmigo? – Beto casi se sobresaltĂ³, y puso cara de temor.

-…No. – admitiĂ³. Dulce se levantĂ³ bruscamente.

-¿QuĂ©? ¿Por quĂ©?

-Eeh… pues porque no… no me gusta tu… - Pero Dulce no le dejĂ³ ni acabar la frase.

-¿No te gusta? ¿QuĂ© no te gusta de mĂ­?

-Du-Dulce, no te enfades… - Beto parecĂ­a a punto de llorar, Dulce era la Ăºnica mujer que hasta la fecha, nunca se habĂ­a enfadado con Ă©l.

-¿Que no me enfade? ¿CĂ³mo pretendes que me lo tome, esperas que me ponga a bailar de alegrĂ­a? ¿CĂ³mo quieres que reaccione cuando me dices que no quieres vivir conmigo? ¿QuĂ© pasa, soy muy buena para follar, pero no para tener una relaciĂ³n que vaya mĂ¡s allĂ¡, no? – Las lĂ¡grimas se le caĂ­an de los ojos sin que pudiera evitarlo, y Beto se levantĂ³ para intentar consolarla, pero Dulce le rechazĂ³, y se puso el jersey.

-No, no, Dulce, no es eso, palabra, es sĂ³lo que…

-¿Que aĂºn sigues colgado de tu mujercita, verdad? ¡De esa arpĂ­a que te abandonĂ³ y que ni siquiera te dejaba correrte, y te despreciaba, pero como supo manejarte a su antojo, te hizo creer que en realidad te querĂ­a mucho! ¡Pues puedes esperar sentado a que ella vuelva, dĂ©bil mental!

Beto se sintiĂ³ lastimado en lo mĂ¡s profundo, ni siquiera cuando no se llevaban bien ella lo habrĂ­a llamado "dĂ©bil mental"… quizĂ¡ hubiera pensado que lo era, pero no se lo habrĂ­a dicho. Le temblĂ³ la barbilla y a su pesar, se le escaparon las lĂ¡grimas.

-Llora. – dijo ella - ¡Llora! ¡Parece que es lo Ăºnico que sabes hacer! Y yo pensando como una lela que me querĂ­as, y sĂ³lo me usabas para desahogarte… ¡No quiero volver a verte en mi vida!

Una parte de Beto quiso decirle que no era verdad, que Ă©l la querĂ­a, pero el llanto y el orgullo herido le mataron la voz. Dulce saliĂ³ del despacho reprimiendo las lĂ¡grimas, pero Ă©stas le goteaban por la cara. A la carrera, cogiĂ³ su abrigo y saliĂ³ de la oficina sin mirar a nadie, corriendo sin mirar para atrĂ¡s. Beto sintiĂ³ que el corazĂ³n se le partĂ­a como si alguien lo agarrara y tirase de Ă©l hasta desgajarlo. Nunca en su vida habĂ­a sentido tanto dolor… en la moqueta, tan abandonado como Ă©l, yacĂ­a el sujetador navideño de Dulce.


********


-¡Felices fiestas a todos! – GritĂ³ Serrano, secundado por los demĂ¡s.

-¡Un brindis por nuestro entrenador Carvallo! ¡Porque el año nuevo nos traiga otra liga ganada gracias a Ă©l! – El Zorro Carvallo sonriĂ³ y agradeciĂ³ a todos el brindis, mientras Gema le acercaba una copa de champagne, pero apenas bebiĂ³. A diez metros de distancia, vio a Dulce salir corriendo de la oficina, con una mano delante del rostro. Beto no la seguĂ­a. MirĂ³ hacia el lado contrario al que habĂ­a salido corriendo la joven, y vio su despacho entreabierto. Hubiera debido indignarse por lo que sospechaba que podĂ­a haber ocurrido en su recinto privado, pero la posibilidad de Dulce llorando y Beto sin ir tras ella era mucho mĂ¡s alarmante.

(ContinuarĂ¡)


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