“¡Itadakimaaaaasu!” Canturreó el dispensador automático de comida y devolvió un sabroso plato de pasta al queso con carne es...

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     “¡Itadakimaaaaasu!” Canturreó el dispensador automático de comida y devolvió un sabroso plato de pasta al queso con carne estofada en salsa. Los spaguetti habían sido moldeados para dar la imagen de la cara de un conejito, y la salsa de la carne era de color rosa pálido. A Queena le encantaban todas esas moñerías, procedentes de una vieja cultura de Tierra Antigua que se había adaptado a los tiempos actuales y que se conocía como “Kauaii”. Gabro no sólo lo encontraba absurdo e infantil, sino también ridículo, pero se encontraba en aquella nave sólo “de prestado”, se consoló. Queena le había robado la suya, y eso y su fuga habían hecho que le forzaran a coger vacaciones en la colonia donde trabajaba de Justicia, así que había decidido aprovechar las mismas para salir en busca y captura de la mujer.

     La comida estaba sorprendentemente buena, pensó. La verdad era que, si se mantenía dentro de los platos corrientes y con nombres normales, podía contar con un alimento bastante decente. Pero tenía que prescindir por completo de comidas con nombres exóticos, postres y pedir las bebidas extra amargas si no quería morir de diabetes; la primera vez que se le ocurrió pedir un chocolate, sus arterias gritaron de terror al comprobar que la cucharilla ni siquiera se movía. Al lado de aquel mejunje, el arrope sería vinagre.

     Gabro llevaba más de dos semanas en la nave, recorriendo planetas y buscando en ellos a la fugitiva, como la llamaba él. Como camaleónico de sangre fría, la ausencia de sol durante tantos días no le era nada cómoda, y eso que Hierbabuena, su colonia, no era tampoco conocida precisamente por la benignidad de su clima, pero allí al menos, se podía contar con sol uno o dos días a la semana, y a veces hasta una semana completa si era verano. Aquí se veía obligado a comer seis veces al día y tener la calefacción tan alta, que un humano hubiera podido ir en bañador, pero todo eso le parecía soportable si lograba dar con ella.

     Todos los días consultaba las noticias locales de la colonia, y allí no había regresado, y comprobaba también los mundos vecinos, para ver si en ellos había alguna noticia relativa a perfumistas o echadoras de cartas. No había descuidado las compras mayoristas de perfumes, jabones, o de ingredientes que ella precisaba para fabricarlos, desde hierbas a grasas animales. Conociendo los gustos de la mujer, también visitaba los foros kauaii y las tiendas que vendían aquellos productos, con la esperanza de encontrar algún rastro de ella allí. Durante los seis primeros días todo fue en vano, pero el séptimo, al conseguir acceder a los diarios de a bordo, encontró su respuesta. Literalmente, porque iba dirigida a él.

     Romper los accesos a los diarios de a bordo no había sido tarea fácil. Protegidos con doble sistema de seguridad, no respondían al reseteo ni a los programas de recuperación de contraseñas habituales, y el intentar averiguar la contraseña al tuntún era imposible, de modo que tuvo que utilizar un generador de contraseñas, y eso sólo después de romper el sistema de bloqueo, que provocaba la inutilización del sistema si se metía mal la contraseña tres veces seguidas. Naturalmente, el generador de contraseñas, a base de probar y probar, acababa encontrando la palabra (o palabras) clave, pero, por rápido que fuese, no lo conseguía en una hora ni en dos. Había tardado siete días en hallar la clave. Claro que después de eso, todo fue muy fácil y el Justicia volvió a cambiar la clave, para evitar que ella pudiera acceder de nuevo, ni siquiera en remoto.

     En los diarios de a bordo estaban todas las rutas usadas por la mujer, pero en el correo estaba el premio gordo. Y un nuevo insulto, eso también. El último correo entrante tenía un asunto dirigido a él: “para Gabro el narizotas, que se obstina en meterlas donde nadie le llama”. El Justicia lo abrió, y el programa proyectó un gran sobre rosa rodeado de gatitos bailarines que cantaban “¡tienes correo electrónicooooooo!”, y el sobre se abrió en un espectáculo de estrellas y chispas que daba vergüenza ajena. Y conjuntivitis.

     “¡Hola, Gabro!” decía el mensaje, en letras rosas con brillantina “Mandé este mensaje poco después de marcharme de Hierbabuena, ¡espero que no te haya costado mucho dar con él! Ya presumo que querrás que te devuelva tu aburrida nave, y como sé que no serás capaz de encontrarme (no es que seas tonto… bueno, un poco sí, pero sobre todo lo que te falla, es la rigidez de pensamiento), te diré dónde quedamos para que tú puedas darme a mi Preciosidad, ¡y espero que esté en perfecto estado de revista! Las coordenadas son las siguientes, sólo tienes que copiarlas en el navegador, y Preciosidad te llevará solita. Si la has cuidado bien, quizá incluso te bese de nuevo, ¡pusiste una carita tan mona cuando lo hice la otra vez...!

      Un abrazo de tu delincuente favorita:
                                                                                                              Queena.”


     Gabro resopló. Lo de “narizotas”, pase; lo de “tonto”, bueno. Pero la condescendencia, la insinuación de que aquella repugnancia le había gustado, eso no. Él tenía la sangre fría en todos los aspectos. Podía parecer humano, pero sólo por fuera; Gabro se jactaba de haber sido separado de su madre antes de los ocho meses, cuando la mayoría de bebés de su raza conservaba el vínculo hasta el año. Su matrimonio había fracasado precisamente porque su esposa le abandonó por un hombre -según ella- “que al menos ofrecía más compañía que una planta”. No había nadie en la colonia, hombre, mujer o niño, que pudiera decir que sentía debilidad por él, y así era como debía ser: un Justicia tiene que ser frío y lógico y como tal, con el menor número de relaciones posibles. Las relaciones humanas eran una fuente de debilidad, de favoritismos y amiguismos. Y los rituales de cortejo y apareamiento eran ridículos hasta la vergüenza. Y aquélla insolente mujer se atrevía a insinuar que a él le había gustado aquella estúpida caricia.

     Gabro recordó cómo, en su juventud, había pensado que debía fomentar las relaciones humanas, ya que iba a vivir entre ellos. Sus supuestos amigos sólo le querían para que consiguiera respuestas de exámenes o cosas semejantes, gracias a su habilidad para el camuflaje. Su esposa se interesó por él y hasta llegó a casarse sólo por dar celos a otro hombre, y pasaron muchos meses hasta que ella sugirió el débito conyugal, por el que Gabro no sentía más que una ligera curiosidad, y que sólo le causó sudor y vergüenza. El efímero escalofrío de la sensualidad era un pago muy pobre por aquella indignidad. Suponía que, igual que él se dio cuenta de su mujer deseaba a otro hombre, ella se dio cuenta de que él no deseaba nada en absoluto, y sólo un puñado de veces tuvo que verse de nuevo en tan incómoda situación. Claro que a él no le disgustaba tenerla allí, su compañía daba cierto calor a la casa, pero cuando quiso irse, tampoco lo lamentó; era como perder un pececito de colores: su presencia podía animar la casa, pero no representaba nada importante. El que ahora viniese aquélla bruja de Queena a hacerle insinuaciones y amenazarle con besitos, le parecía de escuela elemental.

     Como decía el mensaje, siguió el enlace a las coordenadas, y la nave corrigió el rumbo de inmediato. De eso hacía un par de días, y aún no habían llegado. En un primer momento, había desconfiado, ¿y si esas coordenadas le llevaban a algún lugar peligroso? No creía a Queena capaz de algo así, pero, de todos modos, investigó, pero apenas puso las coordenadas en Googlevac, el sistema generó el holograma de una muñequita vestida de policía que guiñaba un ojo y negaba con un dedo: “¡Ah-ah, no estropees la sorpresa! ¡Niño curioso!”, decía una y otra vez. Gabro intentó hackear el sistema, pero después de tres horas oyendo sin parar “¡Ah-ah, no estropees la sorpresa! ¡Niño curioso!” con esa voz de pito, decidió dejarlo y esperar.

     El Justicia estaba dejando el plato vacío en el recuperador de residuos, cuando el ordenador de a bordo le informó que estaba aproximándose a destino. De inmediato comprobó dónde estaba, pero no reconoció nada. Hasta que apareció un planeta que empezó a hacerse paulatinamente mayor, revelando sus colores verde, rosa y azul.

      —No — susurró, casi horrorizado —. Allí no. Debí suponerme algo así, ¡allí no! ¡Ordenador, rectifica el rumbo!

      —Lo siento, orden no reconocida — canturreó la voz de Queena, y no la del ordenador.

      —¿Queena? ¿Cómo…?

     —No te gastes, gatito. Soy una grabación inteligente; contestaré algunas cosas, pero no puedo contestar todo. Si me he puesto en marcha, es porque ya estás muy cerca de nuestro punto de encuentro. Relájate, tu espera casi ha terminado, ¿me has echado de menos?

     —¿Por qué no puedo cambiar el rumbo? — tragó bilis e intentó conservar la calma.

     —Mi ordenador está modificado para que no puedas cambiar el rumbo; una vez metiste las coordenadas del mensaje, se bloqueó. Te llevará al destino intentes lo que intentes, ¡ni siquiera funcionará la autodestrucción! No te apures, que he programado una ruta segura, y el destino es amistoso.

     —¡Demasiado!

     —No te gastes, gatito. Soy una grabación inteligente; contestaré algunas cosas, pero no puedo contestar todo. Si me he puesto en marcha…

     —¿Qué puedo hacer? — se lamentó en voz alta.

     —Vamos, ¿en serio? — contestó la grabación — Estás en mi Preciosidad, en una nave que se conduce sola, que tiene programas holográficos, servicio de comidas amplísimo y prácticamente inagotable, suministro de bebidas, y que te lleva a un destino amistoso por una ruta segura, ¿y me preguntas qué puedes hacer? ¡Relájate y disfruta del viaje!

      Gabro emitió un gruñido de frustración que, afortunadamente, no provocó la respuesta de la grabación. Debía quedar al menos una hora para el aterrizaje, pensó, y a la vista estaba que no tenía manera de evitarlo. Sería mejor que… bueno, que empezara a desnudarse.




      “¡Bienvenidos a Nude Heaven, el primer planeta liberal íntegramente naturista!” Una voz muy alegre saludó la llegada de la Preciosidad. Dentro, y colorado como un pimiento (cosa que podía apreciarse en su totalidad), iba Gabro. “Recordamos a nuestros visitantes que están en una zona de sexo libre; los encuentros íntimos están permitidos en todos los puntos del complejo y todos los visitantes están autorizados a mirar, e incluso a ser invitados si lo desean, pero nunca a participar si no son invitados, ni a ser obligados a participar. Igualmente, les recordamos que los dispositivos de grabación o captación de imágenes están permitidos en todo el complejo”.

     —Encima, eso. — dijo Gabro.

     “Tan pronto como aterricen, encontrarán el marcador de equipajes; marque todo lo que desee tener a mano, y le será enviado a su habitación. También encontrará una guía del complejo, sandalias y una toalla que podrá utilizar si lo desea. Pero le aconsejamos que se integre en el espíritu nudista de nuestra colonia y disfrute íntegramente de la misma, ¡que goce de su estancia en Nude Heaven!”

      La nave terminó de descender y finalmente se detuvo. Casi sin transición, se abrió la puerta lateral y las escaleras plegables. Una riada de luz solar entró sin permiso en la Preciosidad, y al Justicia le pareció que acababa de tragarse una canica; la notaba allí, en su tráquea, subiendo y bajando por su laringe. Reunió valor y se asomó.

     En el aparcamiento no parecía haber nadie, pero sí estaba el brazo mecánico con el marcador prometido, la guía, las sandalias y sobre todo, la bendita toalla. Estiró el brazo todo lo que pudo para cogerla sin salir de la nave, y emitió un hondo suspiro de alivio cuando la tuvo en su poder. Se la enrolló en torno a la cintura, y se sintió mejor.


     Sabía que no dejaba de atraer miradas, y era normal; ver lo que parecía una toalla enrollada en torno al aire y caminando sola, no era cosa de todos los días. Al ser camaleónico, podía mimetizarse con el ambiente de forma casi perfecta, y había que ser buen observador para darse cuenta de que el camuflaje no era completo, sino que parecía más bien que el fondo se moviera ligeramente a cada paso que daba, y que sus ojos verdes flotaban en el aire. Aunque distaba mucho de sentirse cómodo yendo por el caminito entre los hermosos jardines, una parte de él se relajó un poco al ver que algunas personas optaban por llevar la toalla enrollada en torno al cuerpo y sólo se la quitaban para meterse en las piscinas, jacuzzis… o en los arbustos. Nude Heaven era un planeta nudista y tenía muchos complejos de vacaciones como aquél, en el que solteros o casados en busca de nuevas experiencias, acudían a tener sexo al aire libre en presencia de terceros bajo la excusa de la relajación. Había en el planeta muchas zonas nudistas en las que no había sexo libre, sólo nudismo, pero Queena había elegido, cómo no, en la que más incómodo podía sentirse. Gabro procuró mirar sólo al frente y al fin, encontró la recepción. Ni siquiera allí dejó su camuflaje, pero parpadeó repetidas veces para que le vieran los ojos.

      —¿Qué desea el señor? — el lilius del mostrador le sonreía sinceramente.

     —Eeeh… acabo de llegar y estoy buscando a una persona — todo su ser se rebelaba contra la idea de llamarla “amiga” — Se llama Queena Salvaje.

     —Ah, entonces usted debe ser el señor Narizotas; sí, ella nos dijo que vendría — sólo por un ejercicio de control de pensamiento que hubiera hecho palidecer de envidia a un jedi, no notó el recepcionista los sentimientos del Justicia al ser llamado por el estúpido apodo de “Narizotas” —. Tienen ustedes un alojamiento conjunto, ¿desea subir a verlo, o esperarla aquí?

     Gabro echó un vistazo a la recepción. Había una bonita biblioteca, un dispensador de bebidas y snacks, un par de puestos de holografías, uno de DreamScience y varios cómodos sillones. Y en uno de ellos, una mujer tirando a gorda tenía las piernas abiertas, y a un hombremucho mayor con la cara metida entre ellas.

     —Subiré a la habitación.



      El cuarto no era mucho mejor. Sí, era amplio y precioso, con una gran ImperioVisión, un jacuzzi privado, una consola de DreamScience y una enorme cama de agua. Pero también había un espejo sobre la cama, una colección de dildos y vibradores en la estantería junto a la cama, y lo quera infinitamente peor: una sola cama. En las paredes, de colores suaves, se veía pasar una filigrana de ilusión que, si uno miraba bien, notaba que se trataba de un sinfín de figuras de todo sexo teniendo sexo en diferentes posturas. De vez en cuando, sonaba un suave gemido. "¿Es que no hay ningún sitio ni medio normal en este hotel de pervertidos?”, pensó.

     —¡Has venido! — una voz muy cantarina sonó a su espalda, pero antes de poder volverse, ella se le había echado encima y le abrazó por detrás. “Lleva toalla, gracias a Dio, al menos lleva una toalla” — ¡Vine en cuanto me avisaron, ya creí que no llegarías nunca! ¡Me alegro de verte aquí!

     —¿Te alegras? ¡Pues el señor Narizotas está hasta las mismísimas de guarradas y de porno barato hasta en la sopa! No llevo aquí media hora y me han puesto ojitos tres veces, he visto a una pareja teniendo sexo en recepción, y el botones que me ha subido, pretendía hacerme una demostración de dildos anales… estoy más que harto. ¡Ahora mismo se ha terminado tu fiestecita libertina; quedas detenida por el robo de mi nave, nos vamos!

    Queena sonrió, y su colmillo izquierdo robó un destello a la luz.

     —Pero, Gabro, ¡si ya te devolví tu nave! — ante la mirada sorprendida del Justicia, continuó —. Tan pronto como llegué aquí, puse tu nave en piloto automático y la programé para el regreso. A estas alturas, ya debe llevar días allí.

      —Eso no te va a servir, me robaste mi nave, y yo tengo una orden de detención contra ti.

      —¿De veras? ¿Y dónde la llevas? — No iba a hacerlo, pero la mujer hizo ademán de tirar de la toalla del Justicia para mirar si la tenía allí, y éste pegó un brinco y se agarró la entrepierna con gesto de horror, mientras ella se reía sin poder contenerse. Gabro pensó “La orden de detención… la orden estaba entre mis ropas. Sí, esas que NO he marcado porque, ¿qué falta me iban a hacer, si además iba a ser encontrarla y marcharnos? Esta mujer me descentra. Me ataca por donde sabe que soy vulnerable y aprovecha mi disgusto por todo lo carnal para ponerme nervioso. Tengo que hacerme a la idea de que el sexo no debe incomodarme, sólo es una función fisiológica como comer o dormir; así no tendrá poder sobre mí”.

     —Escucha, te aseguro que dejaré que me detengas. Y luego, podrás llevarme a Hierbabuena, juzgarme e imponerme el castigo que creas justo. Pero a cambio de una condición.

     —¿Cuál? — qué poco se fiaba de las condiciones.

     —Que pases aquí una semana conmigo.

     —¡Tú tienes menos seso aún de lo que parece!

    —¡Venga, sé que estás de vacaciones! — el rostro de Gabro reflejó su estupor, ¿cómo sabía ella…? — Me fui en tu nave, ¿recuerdas? Me bastó conectar el intercomunicador de emergencia, así oía todo lo que pasaba en tu despacho sin necesidad de que tú aceptaras la escucha. — sonrió —. Estando de vacaciones, puedes quedarte aquí perfectamente, y el alcalde estaría de acuerdo conmigo. Aquí no todo es sexo a destajo, hay muchas cosas que puedes hacer; arte, deporte, juegos… todo está incluido, pagué el paquete completo.

      —¿Y se puede saber por qué tienes tú tanto interés en que me tome aquí las vacaciones?

     La carita afilada y pálida de Queena era el arquetipo del candor.

     —Gabro… me da mucha compasión todo lo que has ido inútilmente detrás de mí. Te he visto consumirte de rabia cada vez que me escapaba entre tus dedos. He visto tu cara de indignación cada vez que te decían que no presentaban cargos contra mí, de fastidio cada vez que me iba, y de ilusión cada vez que volvía.

     —Cambias el orden de las dos últimas.

     —Como sea, el caso es que no podía dejar de pensar que en Hierbabuena no tienes amigos con los que desahogarte, ni una pareja, ni una mascota, ni nadie con quien distraerte, sólo parecías hablar conmigo, ¡ni siquiera parecías tener aficiones para distraerte un poco, aparte de tus vetustas novelas! Aquí puedes explorar tu ocio. Puedes descubrir qué te gusta, y hacerlo.

     El Justicia permaneció pensativo unos segundos. La verdad era que trabajaba más de diez horas diarias, incluyendo domingos y festivos. Fuera del trabajo, ni siquiera sabía qué hacer con su tiempo. En una ocasión, su ex esposa le dijo que era “una acelga”, apelativo que no entendía qué quería decir, pero se temía que hacía referencia a su escasa cantidad de gustos.

     —Y piensa… que cuando acabe la semana, dejaré que me detengas. — Queena sonrió. Y el Justicia pensó que Phillip Marlowe, Mike Hammer y los detectives de las novelas que le gustaban, siempre sabían controlar a las mujeres con las que se encontraban a base de alternar los besos y las bofetadas, pero ellos nunca se encontraron a una pieza como Queena. ¿Qué remedio le quedaba? Asintió.



     —¿Hay algún sitio donde no pinten o esculpan “del natural”? — preguntó Gabro con voz calmada, y Queena sonrió y se encogió de hombros.

      Después del almuerzo, el Justicia había accedido a buscar alguna afición para él, y reconoció que el mundo del arte siempre le había llamado la atención, pero en una colonia nudista liberal sólo para adultos, las opciones de arte eran muy variadas, sí, pero los modelos eran todos desnudos o posturas sexuales. Por no hablar de aquéllos que pintaban mientras otra persona los tocaba o chupaba. “¿Por qué lo harán? ¿Para probar el pulso?” pensó Gabro, pero no dijo nada.

     —Bueno, aunque se trate de pintar desnudos, podrías probar — sonrió Queena.

     —La figura humana es muy difícil para empezar; me gustaría intentar algo más sencillo. Un cuenco de frutas, o un jarrón… — el Justicia se había decidido a no dejarse poner nervioso pese a la imperante cantidad de sexo de los alrededores. La mujer estaba extrañada por eso, y se le notaba, pero no parecía que le afectase de ningún modo en particular.

     —¿Baños de barro? — sugirió.

     —Demasiado pringoso.

     —¿Y el solárium? — Gabro titubeó. Después de tantos días en el frío espacial con la calefacción a tope, tomar un poco de sol natural era interesante. Su idea inicial era decir que no a todo, pero aquello podía gusta… podía serle útil. Asintió.

     —¡Ven conmigo! — Queena dio rápido la media vuelta, y le sacudió con el rabo peludo en toda la cara. No era la primera vez, y el Justicia ya no se creía lo que venía a continuación — Huy… fue sin querer.

     —No tiene importancia — contestó. Se había hecho el firme propósito de permanecer calmado, e iba a hacer todo lo posible por lograrlo. La mujer le tomó del brazo y le acompañó hasta el solárium.

     —Si no te importa, yo me iré un ratito a la piscina — sonrió ella y Gabro devolvió el gesto, y lo hizo con sinceridad; lo último que le apetecía, era tenerla pegada a él, aguantar su charla inacabable y sin duda tener que soportar bromitas subidas de tono.

     El solárium era una gran extensión llena de tumbonas acolchadas. Como camaleónico, a Gabro no sólo le encantaba el sol, sino que tenía necesidad de él. Cuando viajaba por el espacio, podía apañarse con suplementos de vitamina D y subiendo la calefacción de allí donde estuviese, pero la luz natural era insuperable. Ocupó una de las tumbonas, y de inmediato una mesita se elevó a su lado y una suave voz le saludó.

     —Bienvenido al solárium. Por favor, no olvide protegerse la piel con el aceite que sea de su agrado. Le recordamos que la cámara está activada. Pulse el llamador si desea un masaje o algún refrigerio. — el Justicia echó un vistazo a los frasquitos de aceites que había en la mesita. Esencia de rosas y robaigas salvajes, hidratante, coco, guraps, bercúlia, aloe… También había un protector ocular y una nota: “No se prive de todos los beneficios del sol por timidez. Quítese la toalla y disfrute sin pensar en nada”. Gabro echó un vistazo a su alrededor. Las otras tumbonas estaban razonablemente lejos, y todas ocupadas por hombres solos; a la hora de la siesta las parejas no frecuentaban aquella zona. Podía permitirse aquél pequeño lujo, pensó, en caso de que se sintiera incómodo siempre podía mimetizarse. Tomó el aceite de flores y se lo untó en la cara y el cuerpo, y, cuando llegó a la línea de la toalla, miró de nuevo en torno a sí. Nadie le prestaba la menor atención. Se abrió la toalla.

     Un pequeño cosquilleo nació en su pene y le hizo sonreír involuntariamente cuando repartió aceite también allí, además de en sus piernas. Se secó las manos a base untarse el aceite sobrante aquí y allá, y finalmente se tumbó y suspiró.

     El sol le acariciaba la piel y el calor parecía llegarle hasta los huesos. Su sangre fría cogía temperatura con rapidez y le devolvía una ligera, creciente sensación de bienestar. Le molestaba reconocerlo, pero aquello no estaba nada mal. Sin darse cuenta, una sonrisa empezó a aparecer en su rostro y, dándose cuenta, su pene comenzó a crecer, pero decidió no darse cuenta. Al fin y al cabo, no había ninguna mujer (Queena) cerca. Una especie de cosquilleo muy dulce acompañó la erección, como si su polla gozase también con el calor del sol. “Si el sexo fuera así, no estaría mal del todo”, pensó.

     No era que no le gustase el placer, claro que le gustaba. Lo que no le gustaba, era la ridiculez y el grotesco desgaste físico al que había que someterse para recibirlo. Claro está que él sólo lo había probado con su ex mujer y no sentía por ella más que una ligera tolerancia, ni siquiera simpatía, pero, por lo que había oído, los humanos eran más que capaces de mantener relaciones sexuales satisfactorias incluso entre desconocidos. Durante un tiempo, se había preguntado por que él no era capaz de encontrarle esa “gracia” que le veían los demás y había llegado a la conclusión inevitable: porque él no era humano.

    Los de su raza eran ferozmente independientes e individualistas. Habían evolucionado en un planeta hostil y lleno de peligros y privaciones, donde las asociaciones eran toleradas sólo como medio de supervivencia. Desde muy pequeños, los camaleónicos aprendían a valerse solos. Habituados a la posibilidad de tener que abandonar a los niños pequeños, a los ancianos o a los débiles, las relaciones familiares eran frías y distantes, y con frecuencia las parejas no vivían juntas. A raíz de mezclarse con otras razas y culturas, habían empezado a variar ese comportamiento, a practicar sexo recreativo y no reproductivo, y hasta a vivir en familia, pero eso no se había escrito para todos. Por lo que parecía, no se había escrito para él, y el pensamiento no dejaba de darle cierto orgullo. Los otros miembros de su raza podían hacer lo que quisieran, pero él seguía siendo un ejemplar fiel a los principios que les habían permitido evolucionar y conquistar el planeta y el espacio. Claro está, eso no significaba que no supiese reconocer un placer cuando lo tenía delante, como en aquél momento.

     La caricia del sol recorría sus miembros dejando en ellos una dulzura cálida y reconfortante. Después de tantos días en el espacio, era muy agradable y relajante. Tan relajante que, sumido en sus pensamientos, poco después se quedó dormido.

      Lo suficientemente lejos como para que no la delatase su propia respiración, pero a la vez lo bastante cerca para no perder detalle, invisible, estaba Queena contemplándole. Hacía mucho que tenía el capricho de ver desnudo al Justicia, y no acababa de creer que hubiera sido tan sencillo. No podía dejar de sonreír al mirarle. Como todos los camaleónicos, que tienen que gastar ingentes cantidades de energía en mantenerse calientes, el Justicia estaba muy delgado. Su cuerpo era un junco, carente de vello salvo en la cabeza, de apariencia casi delicada, aunque la joven sabía bien que no era así, y que aquellos miembros, frágiles en apariencia, escondían una fuerza sorprendente. El colmillo izquierdo de la mujer asomó por la comisura de sus labios, aunque nadie lo pudiera ver, cuando prestó atención a uno muy concreto de sus miembros. “Es muy probable que yo sea la primera mujer en ver eso desde hace más de una década”, pensó, divertida. Por lo que se decía en la colonia, nadie le había conocido relaciones al Justicia, dejando aparte la mujer con la que estuvo casado tiempo atrás. A las mujeres de Hierbabuena no les era indiferente; era atractivo pese a su nariz aguileña y sus cabellos aceitados, quizá lo que más le estropeaba era su poca prodigalidad en sonreír, pero era un hombre amable y educado, a su manera fría, pero cortés. No obstante, todas las intentonas de las mujeres de la colonia habían caído en saco roto. No sólo eso, es que, si le preguntaban a Gabro, él probablemente ni siquiera se hubiera dado cuenta de ello.

      “Yo misma he estado a punto de darme por vencida en alguna ocasión”, se dijo, sin dejar de comerse con los ojos la erección del Justicia. Le estaban dando muchos cosquilleos, así que se llevó las manos a los pezones y los pellizcó, conteniendo un gemido. Queena llevaba mucho tiempo interesada (¿encaprichada? ¿quizás incluso…?) en Gabro, y sin duda por lo antojadizo de su carácter, cuanto más frío era él, más atraída se sentía ella. En realidad, eso de echar las cartas o leer el futuro, era algo que, antes de llegar a la colonia, había pasado años sin hacer. Podía y le gustaba vivir sólo de vender sus propios perfumes y maquillajes, pero el ejercer una actividad de legalidad dudosa le aseguraba la perpetua atención del Justicia. Hacerle rabiar era divertido, y escapar de él le hacía permanecer en un juego de inteligencia permanente. Y era agradable darse cuenta de que, por más que siempre ganase ella, el Justicia no era en absoluto mal enemigo. La mujer sabía que Gabro se reprochaba sus derrotas contra ella, pero lo cierto es que, de no ser por su capacidad de hacerse invisible y expulsar gas apestoso, era probable que la ventaja no estuviese de su parte.

     “Vas a ser mío, Gabro. Quieras o no. Porque ya me encargaré yo de que quieras”, pensó, sonriente, mientras su mano derecha bajaba por su vientre y cosquilleaba su pubis. Queena, en ocasiones, había pensado que le era completamente indiferente al Justicia, y estuvo a punto de abandonar sus esfuerzos alguna vez, pero al final nunca lo había hecho, siempre había pequeños gestos que se lo impedían. Una mirada de excesivo triunfo cada vez que se dejaba coger. Una sonrisa demasiado feliz cada vez que ella volvía a la colonia. Largas conversaciones sólo con ella mientras la tenía encerrada, miramientos que no dedicaba a los otros presos, ni siquiera de sexo femenino. Y lo último, la reacción con el beso.

     Qué duda cabía que un beso por sorpresa afecta a todo el mundo, pero no era sólo eso. Era su paralización. No es que sus brazos hubiesen perdido fuerza, es que se quedó literalmente laxo durante más de dos segundos. Podía parecer poco tiempo, pero en alguien de reacciones tan veloces como un camaleónico, era un tiempo muy largo. Por no hablar de la mirada repentinamente embobada de sus ojos, y el tartamudeo posterior. “Le gusto”. Se dijo la mujer, acariciando su clítoris húmedo sin dejar de mirar al Justicia. “No lo quiere admitir, pero yo le gusto”.

     Los labios de Gabro se separaron ligeramente y su respiración se hizo regular. Se había dormido. Una traviesa tentación invadió la mente de la mujer. No debía… era casi como una violación… pero de todos modos se acercó, tomó una buena porción de loción floral entre sus dedos, y se acercó con todo cuidado a los pezones del durmiente. Antes de tocarle, un pequeño gemido se escapó de sus labios, y formó una palabra:

     —´ueena… — musitó, y la mujer ahogó un grito y retiró las manos de golpe, con tal rapidez, que las gotas de la loción describieron un arco y cayeron en el pecho del Justicia. De inmediato se alejó de allí, sintiendo sus mejillas coloradas como cerezas. Aquello hubiera pasado de travesura. No es que a Gabro le gustara, es que hasta soñaba con ella; sin duda estaba interesado en ella de verdad, y traicionar su confianza de aquella manera, no sería divertido. Estaría mal.

     En su tumbona, Gabro despertó con un inusual picor en su miembro. No sólo aún estaba erecto, sino que goteaba alegremente, y las lágrimas transparentes se escurrían por su tronco y le causaban unas cosquillas irresistibles, tenía ganas de frotarse hasta el orgasmo y sólo el recordar que algo semejante sería vergonzoso aún si no estuviera en público, le frenó. Pero lo terrible, era el sueño que había tenido. Su cerebro no había tenido mejor idea que proporcionarle una fantasía sexual de lo más explícita, pero además, ¡con ELLA! Queena se había colado en sus sueños y en ellos, él era el detenido.

     “¡Voy a hacerte confesar!” recordó que le decía, y le acariciaba los pezones con los suyos. Recordarlo hacía que le picasen e involuntariamente se los rascó. Estaban húmedos. Una sustancia aceitosa. La llevó a su nariz y olisqueó. Era el aceite de rosas. Si en todo su cuerpo el aceite se había absorbido ya, ¿cómo era posible que…? Una profunda sensación de indignación se apoderó de él, y se apresuró a cubrirse con la toalla.

     Queena. Había sido ella, se había atrevido no sólo a espiarle desnudo, ¡sino a tocarle mientras dormía! Sin duda eso había provocado su estúpido sueño, ¿cómo se había atrevido? Bien, ahora ya tenía otro cargo más que… No.

     Ahora no era Justicia, ¿verdad? Ahora estaba de vacaciones, no tenía porqué jugar con las reglas legales. Si ella quería hacerlo así, así jugaría él también. Sólo esperaba que Queena no anduviera aún invisible cerca de allí, porque su sonrisa maliciosa lo decía todo.


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     —¿No te han dicho nunca que eres mágica? — preguntó el Justicia, y Queena sonrió de oreja a oreja. Cuando sugirió a Gabro cenar juntos, no pensó en que él aceptaría, pero además de aceptar, estaba resultando la mejor cena de su vida. El hombre era un prodigio de amabilidad, cortesía, caballerosidad, ¡y hasta le estaba echando piropos! — De veras. Me has hecho descubrir la relajación, la diversión… Yo era incapaz de darme cuenta de que existían más cosas en el mundo aparte de mi trabajo. Mañana, iré al taller de pintura. Me da igual que haya que pintar desnudos, lo haré.

      Queena le miró con arrobo. Después de su sesión de solárium, el Justicia había ido a buscarla con una gran sonrisa, y le dijo que se sentía maravillosamente. En Hierbabuena el clima era muy húmedo; incluso en verano era difícil encontrar más de una semana seguida de sol. Según él, el poder disfrutar de un sol tan intenso en todo su cuerpo, le había hecho un bien maravilloso, y no pensaba privarse de ningún placer que aquél bendito complejo turístico pudiese ofrecerle. A la mujer poco le faltó para aplaudir, y habían pasado una tarde de ensueño en las diversas piscinas del spa, el baño turco, la sauna… y en todos aquellos sitios, tan pronto como ella se despojó de la toalla, el Justicia no demostró el menor embarazo e hizo alegremente lo propio. Bien es cierto que ambos habían intentado mirarse sólo a los ojos, pero el esfuerzo de Gabro por vencer sus prejuicios era evidente, y Queena se lo agradecía. Sus ojos despedían chispas por él. Ahora, de nuevo ambos con sus respectivas toallas, estaban regalándose con la estupenda cena. Y Gabro no dejaba de rellenarle la copa una y otra vez.



      —Quizá me pashé con el licor un poquitín… — la voz de Queena era pastosa y arrastraba las sílabas, sobre todo las eses, letra que también estaría presente en sus pasos, de no ser poqrue el Justicia la tomaba de la cintura y la llevaba casi en brazos.

     —El licor está para eso — sonrió Gabro y tiró de ella hasta llevarla en volandas a la habitación. Mientras él abría con su huella, ella se le quedó mirando, toda sonrisas, ojos brillantes y coloretes, y antes de que pudiera impedírselo, se colgó de su cuello y le besó. Un beso largo, intenso, con sabor a licor de milflores y mushaté. La puerta de la suite se abrió, pero no tanto como los ojos del Justicia.

     —No creash que no shé qué pretendes — sonrió ella, con risa boba —. Me hash hecho beber para pensar que ashí mañana, no me acordaré de nada, y no podré preshumir de que te he hecho el amor. — se rio de nuevo — Ah, pillín, pillín, ¡no me importa! Me acodra… me acroda… bueno, no she me olvidará. ¿Y shabes por qué? Porque te quiero.

     Le besó la mejilla y sonrió. Afortunadamente, no pareció que ella esperase respuesta alguna, sino que entró tambaleándose en la habitación, y se dejó caer de bruces sobre la cama con un gruñido derrotado, y al momento empezó a roncar con suavidad.

      “Bien, llegó la hora”, se dijo el Justicia. “Donde las dan, las toman”, se dijo el Justicia. “Esto es una lección objetiva”, se dijo el Justicia.

     “No voy a ser capaz”, se dijo el Justicia.

     Él no era un hombre sensible. Seamos claros, su mujer le abandonó porque no había diferencia entre vivir con él o con una planta, no era alguien que se emocionase fácilmente. Ni que se emocionase, punto. Pero aquella declaración en la que ella pretendía que fuese él quien no se sintiese incómodo a la mañana siguiente, aquél “te quiero”, eran excesivos hasta para él. Aquello no era una travesura, no era la devolución de una broma. Era aprovecharse de una mujer que sentía algo por él. No podía.

     Con esfuerzo, giró a Queena en la cama para acostarla y, cuando esta se dio la vuelta, se le soltó la toalla, de modo que sus pechos quedaron al descubierto. Gabro no cerró los ojos lo bastante rápido y aquel pecho blanco y rosa, redondo y firme quedó grabado en sus retinas sin que pudiese evitarlo. Se volvió y arropó a la mujer con la colcha térmica, y él se tendió a su lado. Sabía que debía quitarse la toalla, era una guarrería acostarse con la prenda que había usado para secarse todo el día, pero no quería ni pensar en acostarse desnudo junto a la mujer, así que se la dejó. Apenas se acostó, Queena dio un gemido perezoso y se abrazó a él. Una sensación de horror le invadió cuando el brazo de la mujer le rodeó el pecho, pero lo peor fue notar que su pene se elevaba de nuevo, y él no podía hacer nada por evitarlo.

     “Soy un camaleónico”, pensó. “Soy frío, mi cuerpo está completamente bajo mi control, y éste no va a reaccionar si yo no se lo permito”. Se concentró en recordar nombres y modelos de armas clásicas para calmarse; Walter PPK, Browning P38, Beretta… por primera vez, se le ocurrió que los revólveres tenían cierta forma fálica y sin duda por eso, su táctica no funcionó. La tenía tan dura que el mero roce de la toalla le hacía temblar. De forma muy poco oportuna, recordó que llevaba muchos meses sin masturbarse. No era algo que precisase, y lo hacía con muy poca frecuencia; a diferencia de los humanos no tenía poluciones nocturnas porque, con el gasto energético que suponía para él mantener el calor, su cuerpo no almacenaba recursos que no fuese a utilizar de forma inmediata, de modo que no almacenaba esperma. Pero ahora mismo, notaba los testículos hinchados y pesados como si tuviera dos litros de semen en ellos.

     Queena se pegó más aún a su espalda y Gabro fue consciente de la caricia de sus pechos, blanditos y calientes. Cerró los ojos para buscar el sueño, pero fue peor; privado de la vista, su cuerpo se centró en las sensaciones táctiles. En medio de un ronquido suave, la mujer abrazó con la pierna también, y su muslo rozó la erección del hombre. El Justicia tembló de pies a cabeza, ¡qué gusto! Era una calidez deliciosa, ¿por qué daba tanto gusto? ¡Era delicioso! ¿Se había sentido así alguna vez? No. Desde luego que no. “Vacaciones… ¡ja! ¡Nunca más abandonaré Hierbabuena, con su lluvia, sus tormentitas, su mal tiempo y su trempe… su temperatura, que jamás sube de 25º! El calor es cruel, le hace cosas horribles a mi cuerpo”, pensó, fantaseando con una ducha fría. Pero apenas intentó moverse para salir de la cama, Queena gimió una protesta y le atenazó contra ella, y su muslo volvió a rozar… haaaaaaaaaaah… si no quería manchar la cama, era mejor que se estuviese quietecito.

     Estaba sitiado en la orillita de la cama, apresado sin poder moverse, con los ojos como platos y un feroz dolor en los testículos que, muy poco a poco, pero no dejaba de aumentar. Si le esperaban seis o siete horas más así hasta la mañana, no estaba seguro de llegar vivo a ella. Trató de contar ovejitas, a ver si lograba dormir, pero al llegar a la centésimoprimera ovejita, tuvo que convencerse de que nunca había estado tan despierto en toda su vida. Y en ese preciso momento, quién sabe por qué, a Queena debió entrarle nostalgia de su infancia, porque sus labios encontraron el lóbulo de la oreja del Justicia y, después de acariciarlo suavemente con su respiración, lo tomaron entre ellos y empezó a mamarlo con delicadeza.

     El escalofrío que recorrió el cuerpo de Gabro fue tan potente que hasta Queena protestó, pero no sólo no se separó un milímetro, sino que le pegó un cálido lametón en la oreja y le hizo poner los ojos en blanco. ¡Por la Diosa…! ¿Desde cuándo eran tan agradables un simple abrazo y un beso, por muy desnuda que estuviese la abrazadora? ¡No era justo! Cayó entonces en que él aún llevaba la toalla, y… “Si me alivio, mi vergüenza no caerá en la cama, sino en una toalla que ya está sucia y podré cambiar mañana sin que ella me vea”, pensó. Y era fácil hacerse una idea de lo necesitado que estaba, si tenemos en cuenta que no se lo pensó dos veces; en el acto se echó mano a la erección, abrió la toalla y apenas sus dedos rozaron el ansioso glande, una corriente de placer hizo que se le escapase un gemido del centro del alma.

     Ahora sí que se centró en las sensaciones. El suave roce de las tetas de Queena en su espalda, su pierna sobre las suyas, su pie en sus pantorrillas, el delicado calor que desprendía, y la lengua de la mujer acariciando su lóbulo, sus labios apretándolo suavemente, sus caderas frotándose contra él… Espera, ¿qué? Sin dejar de sacar y esconder la sensible punta en su propia piel, notó que la mujer ya no respiraba acompasadamente como hacía poco rato, sino en inspiraciones largas y profundas, y sus caderas se movían. Su pubis se frotaba contra él, de no ser por la toalla (maldita la hora en que NO se la quitó), se frotaría directamente contra sus nalgas. “Se está dando placer con mi cuerpo…” pensó, con un mar de cosquillas entre las piernas. “Debería despertarla y frenarla”, se dijo. “Esto no es correcto, no está bien”. El movimiento rítmico de la mujer acabó por bajarle la toalla y notó el cálido (tórrido) roce de su piel desnuda en el final de su espalda. El aire se le escapó del pecho en un golpe casi doloroso, pero el calor húmedo que notaba tan cerca de sus nalgas le daba un bienestar maravilloso. “Tengo que pararla. No somos pareja, no deberíamos hacer algo así, no está bien para ninguno de los dos, está mal… haaaaaah, qué dulce, ¡qué dulce!”.

     En medio de aquél exquisito tormento de cuerpo y mente podría el Justicia haber pasado horas y horas, pero Queena soltó un gemido algo más fuerte y pareció que intentaba pasar por encima de él. Gabró se llevó un buen susto al pensar que ella se despertaba, e intentó enrollarse en la toalla y taparse para dejarla pasar, pero ante su sorpresa, la mujer no salió de la cama. Le montó.

     —¡Queena! — el grito le salió sin poderse contener, sólo de milagro no le había ella metido hasta el fondo, sino que se montó sobre su vientre, pero el susto se lo llevó igual. La mujer levantó una cara de ojos entornados y fijos, inexpresivos, y empezó a hacer movimientos inequívocamente sexuales — ¿Queena? ¿Estás dormida?

     Como es lógico, la mujer no contestó, siguió saltando y gimiendo, pero no dio muestras de haber oído al Justicia. “Sonámbula. Encima es sonámbula”. El sabía de oídas que no había que despertar bruscamente a un sonámbulo, así que intentó hacerlo lo más despacio que pudo, y le frotó los muslos (suaves, cálidos).

     —Queena… Queena, despierta — susurraba, subiendo un poco la voz. La mujer se quedó de pronto quieta y emitió un “¿hmmm?” al tiempo que sus ojos parecían enfocar. Miró a su alrededor. Miró frente a sí. Y una expresión de horror absoluto creció en su rostro. Abrió muchísimo los ojos, la nariz y la boca.

     —¡AAAAAAAAAH…mff! — Gabró la tumbó de lado y le tapó la boca.

     —¡No grites! ¿Quieres que venga alguien del hotel y nos pesque… así? — Queena asintió, con la cara tan colorada, que quemaba la mano del Justicia, que éste apartó.

     —Oh, Salvaje, buen Salvaje… ¡te he violado! ¡Te he violado! ¡Yo no quería, Gabro, te juro que no era consciente! ¡Lo siento!

     —Lo sé, no importa. No importa esta vez.

     —¿Qué quieres decir?

     —Esta tarde. El solárium — Queena se subió la colcha hasta los ojos. — El aceite de rosas se había secado en todo mi cuerpo, ¿por qué iba a seguir húmedo en mis pezones? — sonidos inarticulados amortiguados por la colcha — ¿Qué?

     —¡Que yo ni te toqué! ¡Iba a hacerlo, pero retiré las manos tan deprisa, que me gotearon, ¿y quieres saber por qué?! Porque dijiste mi nombre en sueños. — Queena se quitó la colcha para contestar, y el Justicia resopló.

     —El caso, Queena — ¿por qué le gustaba tanto decir su nombre? — es que podría colocarte un cargo de abuso sexual y acoso sólo por intentarlo. Pero no lo voy a hacer — la mujer le miró con tal sonrisa de ternura, que el Justicia sintió dolor, un dolor maravilloso y dulce que estaba seguro de no haber sentido nunca. — He visto que estás muy arrepentida, y eso a mí me basta.

     La mujer le abrazó la cara con ambas manos y pareció achicharrarle con los ojos.

     —Gracias — Trató de atraerle hacia ella, y Gabro casi cedió, pero al momento se detuvo con decisión.

     —No. Queena, no esta bien que me beses, ni que… ¡yo vine aquí a detenerte! Tú eres, no te ofendas, pero eres una estafadora, y yo un Justicia. Vine a detenerte, y sólo me quedé porque me prometiste que vendrías conmigo retenida a la colonia. Esto no es ético.

     —¿Qué no es ético? ¿Que nos acostemos, o que yo también te guste?

     —Ambas co… ¿Qué quieres decir con “tú también”? ¿Cuándo he dicho yo que tú me gustes?

     —Huy, un montón de veces, queridito. No, no resoples así, lo has hecho, sólo que no te dabas ni cuenta. Todas esas veces que dejabas de lado otros asuntos sólo para venir tras de mí…

     —¡Porque impedirte seguir estafando era prioritario!

     —¿Y todas las charlas que teníamos en las celdas, mientras ignorabas a los otros presos?

     —Porque a ti hay que tenerte vigilada, ¡en cuanto me daba la vuelta, te fugabas!

     —¿Y tu tartamudeo tan dulce cuando te robé aquél beso?

     —A cualquiera le pesca de sorpresa que una mujer que le odia, le pegue un beso de golpe.

     Queena parecía emocionada, y su voz tembló ligeramente al contestar:

     —¿Crees que yo te odio?

     —Tú odias todo lo legal, ético y moral. — Gabro la amonestó con el dedo índice, dándole un toquecito en la nariz a cada palabra de la enumeración. Queena sonrió y besó aquél dedo, y él lo apartó como si su boca quemara.

     —Yo no te odio — contestó, cariñosa. Le abrazó por la nuca y el Justicia puso los ojos en blanco; la ola de calor era demasiado agradable —. Yo sólo quería divertirme y que me prestaras atención, y el permanecer fuera de la Ley era la única forma de conseguirlo.

     Gabro se asombró.

     —¿Me estás diciendo que, en lugar de hablar conmigo como una persona normal, te hiciste una delincuente sólo para llamar mi atención?

     —Reconoce que funcionó, ¿habrías ido a buscar a alguna otra mujer a la otra punta de la galaxia? — Gabro se quedó mudo un momento, pensativo. Y aprovechando su vacilación, Queena le atrajo hacia ella y le besó.

      El Justicia intentó separarse. O al menos eso le gustaba pensar. En realidad, sólo se sorprendió del tirón, pero apenas sus labios tocaron los de Queena, no intentó nada, salvo devolver aquélla caricia lo mejor que supiera. Que no era mucho, pero voluntad, le puso.

     “No puede ser” le dijo su cerebro, empeñado en continuar una lucha inútil, derrotado antes de empezar, pero insistente. “Yo odio todo lo relativo al contacto físico, soy un camaleónico orgulloso de mi frialdad, a mí no me gusta que me besen, ni que me abracen”. Pero por más que pensase aquello, su cuerpo se dejó dócilmente tumbar, abrazar, y acariciar, y cuando Queena volvió a montarle, le pareció estallar de felicidad. Si su polla tuviese manos, hubiera batido palmas.

     —Cuánto te he deseado — susurró ella, a la vez que se frotaba contra polla, bañándola en jugos cálidos, buscando la entrada entre deslizadas de tanta suavidad que daban ganas de llorar de felicidad —. Siempre pensé que, cuando llegase este momento, te chuparía, te acariciaría y te haría muchas travesuras, ¡pero no puedo aguantar más!

     Gabro dejó escapar el aire en un gañido que le rasgó el pecho, y se agarró a las caderas de su compañera, ¡estaba dentro! ¿Cómo era posible que nunca hubiera gozado así con su ex mujer? (Quizá porque nunca me entregué realmente, quizá porque a ella siempre la di por sentada. Queena es una delincuente y cada vez que se iba, pensaba que no iba a volver… que no la volvería a ver). El coño de Queena era un paraíso de calor y humedad, pero lo mejor era la mirada de infinita ternura que emitían sus ojos.

      —Haaah… sí, agárrame así, ¡me vas a atravesar la carne! — Gimió la mujer y Gabro estuvo a punto de quitar las manos de sus caderas, pero ella le hizo dejarlas allí, y le animó a apretarla más aún. Los dedos delgados del Justicia se hincaban en sus nalgas temblorosas hasta dejar marcas rojizas en la piel, y la mujer se extasiaba en los regueros de calor y placer que producían esos agarrones.

     “No podía imaginarme que fuera así”. Gabro gemía sólo con la garganta, con la boca cerrada, temeroso de gritar, de soltar en chillidos su placer. “Tan húmedo y caliente, tan suave, ¡tan dulce!”. Su polla estaba encantada, apretada en un lugar ardiente y acogedor, guardado y abrazado con infinito mimo, rodeado de seda. Cada restregón del coño de la mujer sobre ella le recorría desde el glande a los testículos en un picor cosquilleante, un zumbido de placer sencillamente perfecto, que le hacía derretirse de gusto. Aún su cerebro quería hacerle pensar en qué pasaría mañana, qué tipo de relación iban a llevar… pero el mañana iba a tener que cuidarse solo, ahora mismo era momento de saborear, de sentir y gozar, algo que en realidad -como se demostraba- nunca había hecho.

     —Me encantaaa… ¡me encantas! ¡Me encanta botar sobre ti! — Queena no sólo sentía su cuerpo lleno del Justicia, también su clítoris se frotaba contra él. Una quemazón exquisita, asombrosa, combinaba ambos placeres y la hacía estremecerse, con sus tetas botando libremente mientras ella se mecía cada vez con mayor rapidez.

     Fue consciente de que Gabro temblaba, que sus gemidos roncos subían de tono, y que separó las manos de ella para agarrar la colcha en convulsiones. Se iba a correr, ¡se iba a correr en su coño! ¡Le iba a dar El Placer! El pensamiento la hizo gritar y reír, y su placer se desbordó. Un golpe de alegría y gozo por igual, y una oleada de dulces sensaciones se cebó en su interior una y otra vez, contrayendo su interior en éxtasis, dándole goces inenarrables, un baño de saciedad y ternura, de calma deliciosa, de agradable placer colmado por todo su cuerpo.

     Gabro tuvo ahora que abrir la boca para gemir, o se hubiera ahogado, ¡le estaba apretando dentro de ella! Sus puños se crisparon en la sábana y un poderoso estallido de gozo le hizo temblar y estremecerse de pies a cabeza, a la vez que su polla se vaciaba en ella… ¡Diosa! ¡Podía sentir las contracciones de su polla al vaciarse, el semen siendo bombeado con pasión, el delicioso placer final que lo coronaba todooo…! Y la mano de Queena que acarició su brazo hasta la muñeca, buscándole la mano. Se la agarró con fuerza, con los dedos entrelazados, y la apretó.

     El Justicia no supo cuánto tiempo estuvieron fusionados, mirándose a los ojos, acariciándose y besándose las manos y, por fin, abrazándose y estrechándose. Sólo supo que, más tarde, cuando ella de nuevo se quedó dormida abrazada a su pecho y con una pierna rodeando las suyas, ya no le parecía en absoluto una tortura.


*************


     Queena y Gabro pasaron juntos una semana de ensueño, disfrutaron de los spas, juegos, deportes, del calor del sol y de la mutua compañía. Gabro no quería ponerse sentimental, pero no podía evitar pensar que la frialdad de su raza era algo a lo que había que ponerle muchos peros. Era cierto que la cultura camaleónica promovía el individualismo, incluso el egoísmo, bajo la premisa de que las relaciones siempre implican que una parte se aprovecha de la otra y que la soledad es menos dolorosa que la compañía ante casos de muerte, abandono, etc. Y qué duda cabía que podía haber sido práctico en ocasiones en un planeta hostil. Pero ciertamente, había dejado de serlo ahora.

     —Ay… ¡cuánto voy a echar de menos Nude Heaven! — suspiró Queena, ya vestida, ambos en la Preciosidad, dispuestos a volver a Hierbabuena.

     —Bueno, yo no he terminado de gastar del todo mis vacaciones — dijo Gabro — Siempre podemos volver.

     Queena sonrió, le echó los brazos al cuello y le besó. El Justicia devolvió el beso, acariciando los brazos de la mujer hasta las muñecas “Como yo le hice en nuestra primera vez”, pensó ella, e intentó tomarle de las manos, pero algo se lo impidió. Tenía las muñecas esposadas en un campo de fuerza.
     —¡Oh! — gritó, indignada — ¡Esto es una mala pasada, una traición!

     —Tú misma me dijiste que dejarías que te detuviera — sonrió el Justicia, malicioso. — Sólo quiero asegurarme de que no se te olvida.

     De mala gana, Queena se sentó en el sillón del copiloto con cara de indignación, y a Gabro le dio pena.

      —Tenemos casi otra semana de viaje por delante, no te lo tomes a mal. Seguro que podemos hacer muchas cosas con esas esposas — sonrió.

     Queena le miró. No, no le miró. Más bien le congeló con una mirada tan cargada de frialdad, que hubiese extinguido todo el anisakis de doce restaurantes de sushi. Pero apenas un segundo más tarde no pudo evitar echarse a reír.

     —Claro que sí — dijo, y pulsó un botón. Un parpadeo de chispas, y el Justicia se encontró fuera de la nave, sentado sobre el aire, y se cayó de culo, a tiempo para ver a la Preciosidad ponerse marcha y elevarse.

     —¡Eh! ¡Alto! ¡No puedes dejarme aquí, no sale ningún transporte hasta dentro de ocho horas! ¡Detente!

     La ventanilla de la nave se abrió y la cara sonriente de Queena se asomó:

     —Dije que me dejaría detener, ¡pero nadie dijo durante cuánto tiempo permanecería detenida!

     Su brazo se movió para decirle adiós, y se elevó definitivamente. Gabro se quedó con cara de tonto, hasta que se miró las manos y vio sus propias esposas en ellas.

     —¡Será…! ¡No me teletransportó fuera, teletransportó toda la nave y las esposas! — una parte de él quiso enfadarse. A otra se le escapó la sonrisa. Y luego la risa, y enseguida una carcajada que le hizo reír hasta que se le saltaron las lágrimas.



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2 comentarios:

  1. No sé porque Gabro me hizo pensar en David Bowie

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    1. ¡Gracias por leer y comentar! Me encanta que le hayas puesto a Gabro la cara del Duque Blanco :)

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