“No voy a ponerme nervioso”, se dijo Kapsi. Pero como en tantas otras ocasiones, era más fácil decirlo que hacerlo. Apenas los d...

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     “No voy a ponerme nervioso”, se dijo Kapsi. Pero como en tantas otras ocasiones, era más fácil decirlo que hacerlo. Apenas los desconocidos llamaron a la puerta, el joven impío supo que estaba ante un buen lío. Aquellos tipos olían a policía a la legua, su tío aún estaba durmiendo y él no sabía mentir como su pariente, siempre se le notaba. Por un momento pensó en fingir que no estaba en casa, pero sin duda si no abría ahora, aquellos tipos volverían más tarde y, cuando su tío se enterase de que había rehuido un enfrentamiento OTRA VEZ, su culo iba a pagar las consecuencias. Con la mejor sonrisa que pudo componer, hizo de tripas corazón y abrió la puerta. 

     —¿Buenos días…?

    —¿El sr. Aiscisiasmó vive aquí? — preguntó a bocajarro el más alto, un tipo con cazadora y con la cara tan cuadrada como si se la hubieran hecho con un nivel. 

     —Sí, es mi tío — repuso el joven con un hilito de voz. “El tío no dejaría que le hablasen así, él habría dicho otra vez “buenos días”, y no hubiese dejado que la conversación se moviese de ahí hasta que le contestaran”, pensó — ¿Por qué? ¿Venden algo?

     El segundo tipo, bajito y con cara de malhumor, sacó la placa y murmuró su cargo. 

     —Estamos investigando el incendio de la casa del final de la calle. Los vecinos dicen que tú y tu tío lleváis poco tiempo viviendo aquí. 

     —¿Es eso un delito? — intentó sonreír, pero su simpatía cayó en saco roto. 
   
     —En el poco tiempo que tu tío lleva aquí, parece haberse ganado una reputación entre las mujeres del barrio. En esa casa vivía una joven, ¿la conocía tu tío?

     —Yo… no sé si la conocía o no. No habla conmigo de sus líos. 

     —¿Podemos hablar con él?—Era la pregunta que había estado temiendo.

     —No — Espetó, pero temió haber sido demasiado seco, y continuó —. Mi tío trabaja de noche, y duerme todo el día. 

     —Entiendo, ¿y si volvemos esta tarde, estará?

     —Supongo que sí, a eso de las siete — Admitió Kapsi. Los policías asintieron y se marcharon sin más despedida. El joven impío tenía un nudo en el estómago. Cuando su tío se levantara, no se iba a tomar muy bien el que no hubiera sabido librarse de ellos definitivamente. 





     —Por favor, pasen y siéntese. Insisto. Kapsi, hijo, prepara café — Eran casi las siete, el cielo llevaba cerca de una hora oscurecido por completo cuando volvieron los agentes. Kapsi intentó sonreír y se dirigió con pasitos cortos hacia la cocina, para hacer el café. —. Por favor, disculpen a mi sobrino; el chico es muy voluntarioso y yo le quiero como a un hijo, pero el pobrecito es un poco… lento, digamos. ¿En qué les puedo ser útil? Me dijo el niño que estaban investigando el incendio de la última casa, debe ser un asunto horrible, ¿verdad?

     “Haaaaah… No podré aguantar mucho más con esto ahí metido, ¡no podré!”. En la cocina, Kapsi temblaba. Apenas había atinado a poner el agua y el café en la cafetera, y ahora que la había puesto al fuego y esperaba pacientemente a que hirviera, pensaba que lo que estaba hirviendo, era él. Una deliciosa y torturadora vibración se extendía por su ano, desplegando sus tentáculos como una red fina y suave de cosquillas enloquecedoras. Con delicadeza, la vibración había crecido desde un agradable bienestar, hasta un picor casi irresistible, y él sabía bien que aún estaba sólo a medio gas; para cuando llegase al punto máximo, no podría aguantarse derecho. Pero aún había algo que le excitaba más aún: el saber quién estaba operando el vibrador.

     “Yo he llegado hasta el nivel tres”, le había dicho a Violeta el tío Tánaso. “Generalmente, no aguanta más allá, es subir al cuarto, y se corre sin remedio”. Violeta le había tenido en el primer nivel mucho rato, apagando y conectando el juguete alternativamente. Por lo que veía en la cámara, Kapsi parecía sufrir tanto como pasarlo bien. 

     Al sr. Tánaso no le gustaba la tecnología moderna, decía que le daba jaquecas, pero algunos adelantos pasados ya de moda sí parecía tolerarlos, como la televisión o la radio. Por eso tenía una vieja cámara de vídeo que podía a la vez grabar y reproducir, y enviar las imágenes a través de un circuito interno. Así era como Violeta podía ver a Kapsi retorcerse de gusto en la cocina mientras hacía el café. El joven impío daba golpes con las caderas y se le escapaban las sonrisas, ¡qué gustito! Miró a la cámara con carita de desamparo y susurró: “Basta…”, mientras se mordía el labio inferior. Violeta sonrió y subió de golpe al nivel dos. 

     Un involuntario gemido de derrotado placer se escapó de los labios de Kapsi, y su mano derecha voló a su entrepierna, de donde la quitó con la misma rapidez, pero el zumbido cosquilleante que se extendió por todo su bajo vientre, no desapareció igual. La cafetera silbó, y el joven la retiró del fuego, con el líquido borboteando en su interior. Temerosa de que pudiera quemarse, Violeta bajó de nuevo la intensidad al primer nivel. Kapsi suspiró de alivio y sonrió. 
  
     —Gracias — musitó y lanzó un besito a la cámara. Violeta notó que se ponía colorada y su rajita, húmeda desde hacía un buen rato, picaba y cosquilleaba, le exigía tocarse. Pero no lo hizo. Si Kapsi sufría un poco, ella quería hacerlo también.

     La joven vio como su amigo disponía la cafetera, acompañada del azucarero y la jarrita de leche tibia, en una bandeja con tres tacitas y sus platitos. Todos el juego era de una delicada porcelana inglesa, decorada con pequeñas flores y bordecitos de oro. Violeta pensó, divertida, que su vieja abuela se moriría de envidia si viera aquellas preciosidades. Es decir, si no estuviera ya muerta, claro está.

     Kapsi tomó aire y le guiño un ojo a la cámara antes de salir. Parecía saber que mientras estuviera haciendo equilibrios con la bandeja, estaría a salvo. Y no sólo por las posibles quemaduras; la verdad era también que Violeta no quería saber cómo podía tomarse el sr. Tánaso que parte de su preciosa vajilla se rompiera por causa suya.

     —¿Leche? ¿Un terrón de azúcar? — dijo Kapsi, intentando no mirar a los ojos a los policías, convencido de que se darían cuenta de que ocultaba algo. 

     —Tres terrones para mí — contestó el bajito malacara. El tío Tánaso tomó su taza, sola y sin azúcar.

     —Entonces, ¿lo que me están diciendo es que esa pobre chica, que parecía una mosquita muerta, pudo haber matado a su propia abuela? — la voz del tío parecía traviesa, como si estuviese compartiendo un cotilleo delicioso y no un crimen.

     —Si, eso es lo que parece — el policía asintió con cierta gravedad, pero el bajito sonrió, malicioso —. Pero no sólo lo hizo ella, es que no lo hizo hace un día ni dos. Por los restos que hemos encontrado, es probable que esa pobre mujer llevase ya muerta varios años. 

     El tío fingió sorprenderse mientras se llevaba la taza a los labios. 

     —Pero… entonces esa chica, ¿qué años tenía cuando mató a la anciana? ¿Quince, o dieciséis…?

     La pareja de policías compartió una sonrisa y contestaron con cierta superioridad.

     —Bastantes menos, señor. Puede que apenas llegase a los diez — el tío puso cara de horror. —. Sí, don Tánaso. Me temo que nos encontramos ante una pequeña psicópata, cruel y muy astuta.

     —Ya veo… Perdonen — se volvió hacia Kapsi y le dedicó una sonrisa paternal —, Kapsi, vete a la cocina y corta patatas para la cena y, cuando termines, destiendes la ropa, ¿quieres, hijo? — el impío asintió y se marchó, sonriente —. Disculpen, pero se trata de cosas que prefiero que él no oiga, ¡es un muchacho tan delicado!

     De nuevo a solas en la cocina el “muchacho delicado” notó que el placer crecía y subía en vertical como un yo-yó. Huy-huy-huy… Violeta le estaba dando caña.

     En la alcoba, Violeta, con las piernas cruzadas, se frotaba contra la silla. Tenía la cara muy colorada y unas ganas tremendas de tocarse. O mejor aún, de bajar a la cocina con Kapsi y tocarse frente a él, bajarle los pantalones y terminarle a base de caricias. “Pero no puedo ir, no puedo dejar que la policía me vea”. Oh, pero si hubiera un medio para ir sin que la vieran, si pudiera pasar desapercibida… Y entonces cayó en que sí lo había. Quizá no lo lograra, pero lo podía intentar. Subió de golpe el vibrador al máximo, y, sin quitarse el pantalón, se metió la mano entre las piernas, apretó, y dejó que el dulce escalofrío de placer recorriera todo su cuerpo y se centró en él. Pensando sólo en saborear el hormigueo estremecedor y en Kapsi.



      —…desde luego, después de tanto tiempo, no hay un modo exacto de descubrir la causa de la muerte, pero al menos, se pueden descartar algunos métodos — decía el policía caracubo —. Por lo que hemos visto, no hay señales de golpes o lesiones en los huesos, así que no la mató de un golpe en la cabeza, ni de una paliza. Tampoco hay señales de falta de nutrientes, sólo el desgaste propio de la edad, así que no murió de hambre…

     —¿Es suyo ese gato?

     —¿Perdón? — el sr. Tánaso se volvió y reparó en ella, ¡qué mala pata! Intentó escabullirse, pero en el acto el vampiro sonrió y la tomó en brazos. Él llevaba mucho más tiempo siendo vampiro que ella siendo gato, de modo que era mucho más rápido — ¡Metiche! ¿Qué haces aquí, traviesa? Mala, mala, mala, ¡sabes que debes quedarte arriba si hay visitas, cariño!

     —Miaaau… — A Violeta no se le escapaba el tonillo de reconvención que había bajo las melosas palabras del sr. Tánaso, así que decidió hacerse la buenecita y se dejó tomar en brazos dócilmente.

     —Sí, es mi gata — sonrió el vampiro, tomando asiento de nuevo —. La encontró mi sobrino, se nos coló en casa con toda la desfachatez  del mundo, y no tuvimos corazón para echarla a la calle, por eso la llamamos Metiche. ¿Dónde estábamos?

     En el regazo del sr. Tánaso, Voleta se encontraba muy a gusto. Demasiado. Su intención había sido la de empezar a revolverse pasado un breve rato, para que la dejara en el suelo así poder llegar a la cocina con Kapsi, pero apenas el vampiro comenzó a hacerle caricias, no fue capaz. Tánaso la acariciaba y rascaba tan dulcemente que le pareció que se podía desmayar de gusto. “Debo… ir… Kapsi…” intentó pensar, pero no lo logró, y sólo un ronroneo salió de su garganta. 


     —Bastaaaaa… Violeta, piedad. Basta…— susurraba Kapsi en la cocina, inútilmente. Por lo que podía sentir, la joven estaba muy cerca de él, había ido hacia él, pero se había detenido. Sin saberlo, mucho sospechaba el impío que algo tenía que ver con eso su tío, pero lo grave no era eso. Lo grave es que había puesto el vibrador al nivel cuatro, y ella no lo controlaba ya. Apenas notó la subida de la vibración, supo qué iba a sucederle, ¡odiaba y adoraba ese nivel por igual! Lo adoraba porque el placer era dulcísimo, eléctrico, irresistible. Y lo odiaba por la misma razón, no podía controlarse en él, no aguantaba ni un segundo sin terminar como un burro, ¡y quería aguantar! ¡Quería que ella le viera correrse (o quizás hasta le acariciase, ¡síiiiiiiiii!)! Pero apenas notó el potente terremoto hacer estragos en su culo, el aguantar se hizo imposible. Se agarró al borde de la encimera y apretó los dientes para no gritar, ¡qué placer tan dulce y picante! Se cebaba en su ano y se comunicaba a su polla, dulcemente pero con fuera, imparable. Las olas de cosquilleas eran demasiado agradables, y no pudo resistir más. 

     Feroces convulsiones tiraron de sus caderas y le bañaron en un bienestar delicioso, a la vez que su polla se derretía como mantequilla en un horno, y estallaba en un abundante borbotón de esperma que inundó sus pantalones. Pero el joven apenas pudo saborear el placer porque, sin nadie que lo controlase, el vibrador no se detenía. Su hombría no llegó ni a iniciar la bajada cuando ya estaba de nuevo a punto de caramelo. 




     “Mmmmmmh… el Nirvana tiene que parecerse a estooo…” pensó, con mucha lentitud, Violeta, bajo los efectos de las caricias del sr. Tánaso. La joven no podía explicárselo, ¿cómo podía sentir tanto gusto? Si él sólo le rascaba el cuello y las orejas y… oooh, y un poco la espalda, ahí, por favor, justo ahí. No le tocaba ni siquiera su sensible pezón mordido, pero ella sentía un placer intenso y desconocido que la dejaba completamente incapaz, desmadejada. “Lo siento, Kapsi. Perdóname, pero no… puedo… ronronronronronronronnn”




     “¡Aaah, no! ¡NO! Noooo… ¡otro más no, otro más no!”. Arrodillado en el suelo de la cocina, tembloroso como una gelatina barata y con los pantalones empapados hasta medio muslo, Kapsi había perdido ya la cuenta de los orgasmos que le habían sacudido. Al principio no se había atrevido a sacarse el vibrador, porque lo llevaba puesto por orden de su tío, pero ahora directamente no podía ya. El placer le hacía sudar, temblar y poner los ojos en blanco en medio de una sonrisa idiota (la habitual en él, habría dicho su tío), y el picorcito de un nuevo orgasmo comenzaba a mordisquearle el culo, para expandirse al momento por su polla. Si no supiese que era inmortal, empezaría a preocuparse la posibilidad de palmarla de gusto… o de deshidratación, porque dudaba que le quedase una gota de líquido en el cuerpo. 




     —Bien, encantado de haberles ayudado — sonrió el sr. Tánaso mientras estrechaba la mano de los policías. —. Mucho me temo que esa joven no volverá a aparecer por aquí, pero si llego a verla, les informaré enseguida. 

     Los agentes asintieron y convinieron que ellos tampoco lo creían. “Si ha sido lo bastante lista como para tener a todo el mundo engañado tantos años, no cometerá un error tan estúpido como el de quedarse por aquí, desaparecerá. Pero hemos de intentar apresarla lo antes posible, antes de que se le ocurra volver a matar”. 

     —¿La creen capaz de ello?

     —Naturalmente. Es una chica muy inteligente, fría y lógica. Sabe que puede matar sin ser atrapada y salirse con la suya, ya lo ha hecho una vez. En el momento que alguien sospeche de ella, o simplemente la molesten, no le queda duda que volverá a hacerlo.

     El sr. Tánaso se despidió por fin de los policías y aguardó unos segundos, hasta que estuvo seguro de que se habían largado. Sólo entonces soltó a Violeta y ella, aún bajo la apariencia felina, corrió a grandes saltos hacia la cocina. 



     Kapsi apenas fue consciente de que alguien le bajaba los pantalones sólo lo justo para descubrirle el culo, y notó arañazos y mordiscos suaves en sus nalgas. Pese al agotamiento, aquello le hizo sonreír más aún. Notó un tirón en el cable del vibrador, y a pesar de que un pequeño sonido de decepción salió de su garganta, le invadió una infinita sensación de alivio cuando el juguete al fin abandonó su ano. Se dejó caer de espaldas, deshecho. Aún sus músculos se estremecían y temblaban, pero la relajación había llegado. Se sentía agotado y le quemaba todo el bajo vientre, su pene escocía y ardía… pero se sentía tan a gusto, tan bien, ¡no recordaba haber gozado nunca tanto!

     —¿Miau? — un gato negro de ojos color lila apareció borroso ante su cara. Llevaba el vibrador colgando por el cable, entre los dientes, y le golpeó delicadamente la cara con una de sus patitas. 

     —¿…´oleta? — balbuceó, la boca llena de babas, con voz pastosa. 

     —Sí, pequeño inútil, Violeta — contestó el tío mientras se arrodillaba y rascaba las orejas del animal. — A ver si tomas ejemplo de ella. Mi niña, has sido muy desobediente, pero has Cambiado por primera vez. Estoy orgulloso de ti. 

    El gato agachó la cabeza y en pocos segundos, tomó de nuevo la forma de la joven. Ésta respingó y se cubrió, ¿cómo es que estaba desnuda? El tío sonrió, y acarició los hombros y la espalda de Violeta, mientras ella se estremecía y se le escapaba un gemido.

     —Tu ropa está en la habitación. Cuando Cambiamos, los vampiros machos conservamos la ropa, pero las hembras, no. Su ropa se queda en el sitio donde estuvieran. Es… una de esas pequeñas particularidades que dan diversión a la vida. 

    El sr. Tánaso inspiró profundamente, y Violeta sabía por qué. Ella estaba muy excitada, llevaba mucho tiempo húmeda. Mentiría si dijera que no tenía ganas. Colorada como un tomate, pero se inclinó, elevando el culo para que él le diese gusto. El vampiro dejó ver sus colmillos en la sonrisa hambrienta que le dedicó. 

     —Gatita — musitó, y se colocó tras ella. Mientras se abría el pantalón, no dejaba de acariciar hasta las nalgas la espalda de su niña —. Mi gatita inocente, que no sabe que cuando toma la forma de un animal, toma también sus características. ¿Verdad que el señor Tánaso sabe acariciarte, Metiche? 

     —Miaaaaaau… — fue lo único que pudo decir. Le pareció que tocaba el cielo cuando la polla del vampiro se deslizó, lenta y dulce, al interior de su coño deseoso, ¡qué plenitud! ¡Qué extraordinaria sensación de estar completa, llena! El cosquilleo dulce le picó hasta las orejas, y se inclinó sobre Kapsi, para meterle en la boca el pezón. Apenas el joven impío lo abrazó entre sus labios, la joven arqueó la espalda y puso los ojos en blanco, invadida por el orgasmo más cálido y deliciosamente dulce que había sentido en toda su vida. ¡Qué placer! ¡Qué calor! ¡Qué gustooo!

    Perezosa, cubrió de besitos suaves la cara de Kapsi. El pobre impío apenas podía moverse y reventaba de celos viendo a su chica gozar con la polla del tío. Pero se obligó a pensar que en realidad, le daba igual, todo le daba igual, los celos, su impiedad, su incapacidad de Cambiar, su pinta de bobo, la regañina del tío… todo. Mientras ella siguiera besándole así, le daba igual todo. 




     —He cumplido, madame. Es él. Ahora se llama Aiscisiasmó, pero sigue llamándose Tánaso, es el hombre del dibujo. Vive con él un chico que parece lelo, le llama “Kaxi”, y dice que es su sobrino. Si me pregunta, madame, yo diría que tienen un rollo.

     —¿Qué te hace pensar eso? — el policía bajito, el malacara, no había visto nunca a la madame, sólo hablaba con ella por teléfono. Y él sabía que las voces, con frecuencia, no van parejas a la apariencia física, pero él estaba dispuesto a dejarse cortar un brazo si esa voz no iba acompañando a una puta escultura. La madame tenía una manera grave y cálida de arrastrar las sílabas que ponía cachondo a la primera palabra.

     —Instinto de policía. Maneras de mirarle, o de tocarle cuando se dirige a él. Uno no habla a un sobrino como ese tío lo hace, más bien parece su “sobrinito”, no sé si me entiende. 

     —Perfectamente. ¿Vive alguien más en la casa?

     —Nah, ellos dos y el gato. La gata, más bien.

    —Así que una gata. 

     —Sí, una gata negra, la llama “Metiche”, ¿es importante?

    —No, en absoluto. Has trabajado bien. Sigue así y recibirás tu premio.

    —No quiero meterle prisas, madame, pe…

   —Desde luego que no. Te garantizo que NO quieres meterme prisa. — el policía aún quiso añadir algo, pero la madame se le adelantó —. Te concederé el don que deseas, pero cuando yo lo considere oportuno. Ni un segundo más tarde, pero tampoco un segundo antes. Hoy has dado un gran paso, te lo aseguro. Adiós.

    La madame colgó. Todo su cuarto estaba en la más completa oscuridad, salvo una zona pequeña, iluminada bajo una lamparita redonda, donde se veía el teléfono que acababa de colgar, un viejo modelo, y un retrato. Si su contacto en la policía estaba satisfecho con ella o no, a ella le era completamente indiferente, pero el hallazgo… El hallazgo había sido mucho mejor de lo que ella esperaba. Cuando la niña desapareció, la madame montó en cólera y creyó que moriría de tristeza, pero cuando le llegaron los rumores de un hombre llamado Tánaso viviendo en el barrio, concibió esperanzas. Ahora sus esperanzas se habían confirmado más allá de lo que la madame se hubiese atrevido a soñar. En su escritorio, su mano salió de la oscuridad hasta la zona que iluminaba la pequeña lámpara, y tomó en ella el retrato, la fotografía enmarcada de una niña de unos tres años de edad, y la acarició. La madame se levantó de la silla. Por menos de un segundo, parte de su rostro fue herido por la luz. Si alguien aún hubiese querido mirarlo, se hubiera dado cuenta de que la madame y la niña de la foto, tenían los ojos exactamente del mismo color. Violeta. 




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3 comentarios:

  1. Hola, ¿qué tal? Me presento, soy escritora fantasma, me encantaría poder conversar en privado contigo. Mi nombre es Ina.

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  3. Mi correo es, i.katherina.y.g@gmail.com

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