Es fácil decir que la sangre no te da asco mientras no has tenido nunca que comértela, pensó Violeta. La joven dejó escapar un sus...

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     Es fácil decir que la sangre no te da asco mientras no has tenido nunca que comértela, pensó Violeta. La joven dejó escapar un suspiro y alzó la vista. Delante de ella, el sr. Tánaso partía en pequeños pedazos un filete de corazón crudo y se lo llevaba a la boca con el tenedor de plata, como si estuviera tomando su cena en el Ritz. Su sobrino Kapsi le miraba con cierta envidia mientras comía con cara aburrida su ensalada de frutas. A Violeta no le hubiera importado cambiar el plato con Kapsi.


     Como impío, su amigo Kápsimo no era un vampiro de pleno derecho, estaba maldito y no podía atravesar la carne de otro ser. Ello implicaba que no podía comer carne, ni pescado, ni podía morder o beber sangre, y ni siquiera podía hacer el amor o besar con lengua; estaba condenado a alimentarse de fruta y verdura, y eso no le hacía demasiada gracia, porque el que estuviera imposibilitado para satisfacerlos, no implicaba que no tuviese apetitos. Violeta en cambio, había sido humana hasta hacía escasos días. Entre Kapsi y su tío la habían vampirizado y liberado de su existencia mortal, de su dominante abuela y muchas cosas más, sí, pero también la habían condenado a muchas otras. La alimentación era una de ellas. 


     Viioleta habría dado cualquier cosa por un poco de pollo frito bien crujiente y un cuenco de sabrosa ensalada con pepino y mucho queso. Pero no podía ser. El sr. Tánaso decía que necesitaba comer como la vampiresa que ya era para ir adquiriendo poder y fuerza, y eso significaba vísceras y sangre.


     —Violeta, te garantizo que el filete no a desgastarse por mucho que lo mires — sonrió el sr. Tánaso, mientras se limpiaba los labios con una esquina de la servilleta de hilo. La joven pinchó un extremo de la loncha de carne, rojiza y cruda, con el tenedor y la levantó. Se escurrió y volvió a caer al plato con un “plotch” nada apetecible.


     —Es que no me gusta… — No, Violeta no había sido criada precisamente con caprichos; la vieja abuela acostumbraba a echarla del comedor si ponía el mínimo gesto de asco y la dejaba sin comer. La joven, siempre de escaso apetito, había hecho ayuno muchos días de su vida y se había acostumbrado a comer lo que le gustaba o no comer en absoluto; el hambre no le picaba por pasarse un día entero con un vaso de leche y dos manzanas, y a la vieja le daba igual lo que hiciera. Pero el sr. Tánaso no era la vieja. La miró con gesto paternal.


     —Ni siquiera lo has probado, ¿cómo vas a saber si te gusta o no, si no lo pruebas? — Violeta pareció a punto de discutir, pero el tío habló antes — Es una carne muy cara, de primera calidad, ¿sabes a cuántos cretinos he de meter en el Carmilla´s para ponerla en la mesa?


     Violeta le miró con carita de pena, y el tío le dedicó una tierna sonrisa, pero insistió:


     —Mi niña, es que tienes que comer vísceras. Tienes que alimentarte. Un vampiro saca sus fuerzas y su poder sobre todo de dos sitios: dormir en el ataúd y comer bien. Mira, esto es un poco como el sexo: la primera vez duele un poco, pero enseguida te encanta. Anda, pruébalo… dale ese gusto al tío.


     Violeta sonrió, no podía evitarlo. A ella jamás la habían tratado como a una niña, ni mimado para nada. Cuando el sr. Tánaso la trataba así, era difícil negarle nada. Kapsi lo sabía también. Odiaba el modo en que ella miraba al tío, pero sabía por experiencia que era inevitable: cuando su tío se proponía ser amable, derramaba encanto como quien abría un grifo. La joven cortó un pedacito minúsculo del filete, cerró los ojos y se lo acercó a la boca. Sacó la lengua y lo lamió, recogió la lengua e inició un gesto de repulsión, pero no llegó a terminarlo. De inmediato relajó la cara en una sonrisa de placer.


     Era como si su paladar hubiera descubierto la ambrosía. Un maravilloso sabor empezó a expandirse por su lengua, creció en su boca y se extendió, cálido, hacia su garganta, conforme masticaba y tragaba. ¡Nunca había probado nada tan exquisito! La risa del sr. Tánaso le hizo abrir los ojos.


     —¿Ves como te gusta, boba? — sonrió, cariñoso — Es imposible que seas vampiro y que no te guste.


     —Está delicioso, señor Tánaso — asintió la joven, sus ojos violetas llenos de chispas traviesas, y atacó otra porción. El vampiro asintió, satisfecho, y el impío se la quedó mirando, embobado. Qué bien se movían sus mandíbulas, qué preciosa era su sonrisa cuando saboreaba. Cuando un hilillo de sangre se deslizó por la comisura de sus labios, Kapsi se descubrió a sí mismo relamiéndose y sintió un feroz tirón en los pantalones. Ay.




***************



     —Estaré de vuelta sobre las seis o seis y media de la mañana — dijo el tío mientras se ponía los guantes blancos y se preparaba para salir. Con su abrigo blanco, sus pantalones impecables y su peinado perfecto, estaba hecho un pincel, pensó Kapsi. No era extraño que tuviese tanto éxito como relaciones públicas, y más sabiendo que le daba a mujeres tanto como a hombres. Kapsi nunca había ido al Carmilla´s, ni a ningún otro local nocturno, porque su tío no le dejaba, pero no le costaba imaginarse a chicos humanos de ambos sexos poco menos que haciendo cola para acercarse al tío —. Podéis jugar un rato, pero recordad que no debéis salir de la casa bajo ninguna circunstancia. Y, Violeta, como muy tarde a las cuatro, quiero que estés en el ataúd.


     —¡Oh! Por favor, señor Tánaso, ¿no puedo esperarle? — la joven hizo un puchero. El deseo que se leía en sus ojos, no era nada compatible con la inocencia de su semblante, pero ambos sabían que si ella estaba ya en trance cuando él llegase, no despertaría hasta el anochecer y no podrían jugar. Tánaso pareció a punto de negarse, pero aquellos enormes y suplicantes ojos violetas le desarmaron.


     —No debe… Bah, mira, si ves que dan las seis y no he llegado, métete en el ataúd, pero puedes esperarme despierta. Y sola — añadió mirando a Kapsi, y éste asintió. Tenían muchas horas por delante para divertirse, él y Violeta. Es cierto que le daba rabia que ella jugase también con su tío, sobre todo porque él podría follarla, pero los orgasmos que iba a tener con ella no dejaban de ser orgasmos porque no pudiese penetrarla.




     Tánaso abrió la puerta y respiró el áspero aire de la noche invernal. Hacía mucho frío y la humedad calaba hasta los huesos, pero para él era agradable; le pareció que aquel aire gélido le acariciaba con una violencia extrañamente agradable, "como si te besase un cuchillo", pensó. Podía oler en él la tierra húmeda, el verdín, el musgo fresco. Y entonces su corazón pareció volverse del revés.


      Su mirada recorrió la calle de punta a punta. Había sido una vaharada tenue, levísima, pero creyó notar un perfume que llevaba más de treinta años sin oler y que le golpeaba el corazón con la misma cruel ternura que el aire frío. Su nariz buscó de nuevo, pero ya no estaba allí. Y nunca había estado, se dijo. Sólo era nostalgia. Tánaso se encogió de hombros con una pequeña sonrisa triste, y echó a andar.



     —Haaaah… aaah, Violeta, ¿no estaríamos más cómodos arriba, e-en la camita? — logró musitar Kapsi. La risita de su amiga le acarició las orejas y le puso la piel de gallina en la nuca. Apenas el tío hubo salido por la puerta, la joven se le echó encima allí mismo, en el recibidor, y no dejaba de besarle, mientras sus manos le acariciaban sin parar.


     —Kapsi, mi juguete — su voz quemaba como las gotitas de cera derretida que a veces el tío le vertía para divertirse. Le pareció que las piernas no le iban a sostener —. Voy a acariciarte tanto que te despellejaré, voy a darte tanto placer que querrás ir corriendo a ponerte un cinturón de castidad, no querrás ni dejar que me acerque a ti, te la dejaré tan escocida como si hubieras querido follarte un montón de ortigas… ¿quieres eso, verdad que sí?


      El impío estaba tan caliente que le parecía que su cerebro se derretía, y su polla, dentro aún de las ropas, le estaba mojando hasta los pantalones. Incapaz de hablar, asintió, goloso, saboreando por anticipado la idea de que ella le masturbase. Pero cuando la joven se agachó y le abrió el pantalón tirando de la cremallera con los dientes, se horrorizó.


     —¡No! ¡Con la boca, no! ¡Me quemaré vivo! — chilló, pero Violeta siseó para acallarle mientras tiraba de su pantalón y le acariciaba los muslos. Kapsi temblaba. Si a ella se le ocurría chuparle, su maldición le haría arder por el pene. Su erección había bajado tan deprisa como si su miembro quisiera esconderse dentro de su vientre, pero no podía desobedecer. Por primera vez, tuvo miedo de Violeta.


     La joven lo notó. Una parte de sí misma quería calmar a Kapsi, abrazarle contra su pecho y asegurarle que no tenía nada que temer. Otra, en cambio, quería abofetearle por ser tan pusilánime y no confiar en ella, ¿la creía estúpida? …Y ahí fue donde la propia Violeta se asustó, porque a esa otra parte, no la conocía de nada. “Yo no quiero hacerle daño”, pensó, pero notó que sus colmillos crecían y le pedían, le exigían morder a su amigo, atravesarle y alimentarse de él. Violeta vio frente a sí el muslo de Kapsi, donde sabía que estaba la femoral, y sus ojos parecieron arder. Todo su cuerpo ardía en algo que iba mucho más allá de la mera excitación sexual o aún de la lascivia. Ansia. Quizás aquello era lo que más se acercase.


     Kapsi vio la mirada de su amiga brillar en rojo, como un vampiro hambriento, ¡era la primera vez que lo hacía! Estaba preciosa, pero supo que le iba a morder, y resistió la tentación de cambiar a murciélago y escaparse, pero no hizo falta; Violeta se tapó la boca con ambas manos, apartó la cara y, en medio de un rugido de frustración, se inclinó sobre el sofá y mordió con fuerza el cabecero. Segundos después, soltó y escupió un pedazo del tapizado. Su mirada volvía a ser violeta y, cuando se posó en Kapsi, decía muchas cosas. Y preguntaba aún muchas más.


      —Es normal — titubeó el impío —. Conforme pase el tiempo, te harás más fuerte, tendrás más poder… te harás más vampiro, y querrás morder. No pasa nada. — “Y es probable que yo deje de gustarte y sólo te guste el tío”, pensó, pero prefirió no decirlo.


     —Kapsi, yo… yo no quiero hacerte daño, pero si alguna vez te lo hago, tienes que prometerme que me lo devolverás, ¿de acuerdo? ¡No te dejes que te pegue!


     —¿Estás loca? ¿Para que cobre por el tío también? ¡Ni harto de ajo haría algo así!


     Violeta sonrió. Suavemente, besó los muslos desnudos de Kapsi y comenzó a subir por ellos a besos húmedos. El deseo de morderle apareció de nuevo, pero enseguida lo reprimió. El pene de su amigo, aún asustado, colgaba lánguido y pequeñito entre sus piernas, y Violeta le dio un beso suave, sin abrir los labios, pero conservando su boca pegada a él. El impío dejó escapar un gemido, y un dulce cosquilleo se extendió por su bajo vientre. Violeta sabía que no podía mamar a su amigo, pero sí podía hacerle mimos, y se los dedicó sin pausa. Acarició y besó los muslos de Kapsi, cosquilleó su bajo vientre y apretó sus nalgas, y en pocos segundos su polla se alzó nuevamente, orgullosa, y la joven la tomó entre sus manos y la restregó contra su cara.


     Kapsi estaba en el cielo, ¡en el Séptimo Cielo! Su cuerpo era mantequilla tibia, una deliciosa sensación de bienestar le había gemir a cada exhalación, y la erección parecía chispearle. Un hormigueo de cosquillas le recorría de las corvas a la nuca cada vez que ella le tocaba, ¡no recordaba haber gozado tanto desde la primera vez que se tocó! Una caricia húmeda le hizo temblar de pies a cabeza y le forzó a abrir los ojos, ¡Violeta le estaba lamiendo! Al no poder alojarle en la boca, pero sí acariciarle, le estaba acariciando con la lengua, haaaah… un calor impresionante se extendía por su cuerpo y su polla comenzó a echar humo, como cada vez que bordeaban los límites de la maldición, pero ninguno de los dos se detuvo. La lengua cálida de Violeta hacía pasadas interminables por la polla de Kapsi, desde los testículos al glande. El joven estuvo tentado de pedirle que le lamiera el ano, pero se calló. Que hiciera con él lo que quisiera, era tan agradable…


     La joven sonreía, sin parar de lamer. La verdad era que se moría de ganas por chuparle entero, meterse la polla de Kapsi en la boca hasta la garganta y succionar, mamarle sin descanso hasta dejarle seco (¡oh, sí, por favor, toda su leche espesa en mi garganta!), pero el jugar así, esa manera de tortura también era muy excitante. Kapsi no paraba de gemir y tiritar, su pierna derecha temblaba sin que él pudiera evitarlo. La joven metió la cara bajo su polla e hizo aletear su lengua directamente contra el frenillo de su amigo.


     Los gemidos de Kapsi se volvieron grititos, ¡qué gusto! ¡Qué ardor tan insoportable! ¡Insoportablemente deliciooooooso! Apretó los puños y reprimió el deseo de pajearse sin piedad. La lengua de Violeta, sus labios pegados a su polla, le acariciaban sin cesar un punto dulcísimo, que él apenas había tocado, y es cierto que quemaba y era torturador en su irritante cosquilleo, ¡pero qué placer daba ese cosquilleo!


     Violeta sonreía y lamía apretando su lengua, sin aumentar la velocidad, cuidando que la polla, cada vez más roja, de Kapsi no traspasase la frontera de sus labios. Notaba las bragas empapadas y tenía muchísimas ganas de tocarse, pero en aquel momento el placer de Kapsi era mucho más bonito. La polla erecta del impío goteaba de puro gusto y, cuando un hilillo transparente se escurrió por la cara de Violeta, un gemido escapó de la garganta de la joven vampiresa, ¡cómo le gustaba darle placer! Las rodillas del impío temblaban y sus gritos ya eran incontenibles. Violeta le clavó la mirada.


     Kapsi veía que se caía de culo, notaba la polla empapada, inundada por igual de jugos, saliva y placer. El cosquilleo, convertido ya en picor tórrido, crecía sin parar, y en ese momento, su chica le miró a los ojos. Ternura y deseo. Cariño y vicio. ¡Y su lengua justo en el capulloooOOOOh…! Una poderosa ola de placer le hizo estremecerse, sus caderas dieron un empellón, y sensaciones de gozo maravilloso explotaron en la punta de su polla y se expandieron en segundos por todo su cuerpo, a la vez que un espeso chorretón de esperma (y enseguida otro, y otro), salió disparado y cayó en las mejillas y la cara de su compañera.




      Al impío le llegó la risa de Violeta como si estuviera a kilómetros de distancia. Se dio cuenta que estaba sentado en el suelo; en el orgasmo al fin le fallaron las piernas y había caído al suelo, casi al borde de la inconsciencia. Uffffff… qué delicia. Había sido maravilloso, perfecto, de primera. Cuando logró enfocar la mirada y vio la cara de Violeta bañada en su esperma, un travieso bordoneo cosquilleó sus testículos. Quería más. La joven sonrió y se dirigió a besarle, y entonces el mundo estalló.


     Un estruendo, y la puerta de entrada saltó en mil astillas, y Violeta se echó sobre Kapsi, intentando protegerle con su cuerpo, a la vez que el impío la apretaba contra sí, pero no le dio tiempo a preguntarse qué sucedía, cuando el dolor llegó. Algo le sacó a rastras de debajo de la joven, le levantó en vilo por la nuca y la pierna, y le dejó caer como lo harían con una rama para partirla por la mitad contra una rodilla. El resultado fue el mismo. Un chasquido espantoso, y un dolor tan horrible que Kapsi no pudo ni gritar, pero supo que su columna se había partido. El chillido de Violeta no fue tanto de dolor como de ira, de rabia, cuando se lanzó contra la figura que había entrado en la casa, pero esta le dio un bofetón con tal fuerza que la nariz de la joven reventó en un arco rojo. Inútilmente trató Kapsi de agarrar a la figura por los tobillos; ésta le pateó desdeñosa, agarró el cuerpo inerte de Violeta, y se marchó.


     Kapsi sabía que no valía gran cosa como vampiro, pero nunca hasta ese momento se había dado cuenta de lo terriblemente indefenso e inútil que era. Apenas podía respirar, y descubrió con horror que no sentía ningún tipo de dolor. Toda la mitad inferior de su cuerpo estaba por completo insensible. Sus piernas estaban tan vacías de dolor como lleno de ello estaba su corazón. ¿Qué había pasado? ¿Qué había pasado? ¿Quién se había llevado a Violeta y por qué? Las lágrimas le quemaban los ojos, y el dolor fue aún más intenso cuando recordó que, hacía sólo unos segundos, otra quemazón, pero en su polla, había sido tan agradable y placentera. Sólo unos segundos… eso había tardado su pobre vida en irse a pique. No es que no hubiera sido capaz de defender a Violeta, es que ni siquiera había sido capaz de presentar batalla, o de identificar a lo que fuera que se la había llevado.


       Notaba sus órganos internos perforados por astillas de hueso, sabía que tenía hemorragias internas y podía morir, pero se sentía tan inútil y miserable que, de haber sido sólo él, allí se hubiera quedado a esperar la muerte, pero si aún había alguien que podía ayudar a Violeta, ese era el tío. Tenía que avisarle como pudiera. Tiró de los brazos hasta que logró darse la vuelta y empezó a arrastrarse hacia el teléfono. A cada movimiento, sus pulmones le enviaban agujas de dolor, y poco después notó un sabor salado en la boca. Sabía que era su propia sangre. Escupió, pero siguió saliendo. Maldijo sus piernas, muertas y que le pesaban tanto. La mesita del teléfono estaba sólo a tres metros. Tenía que poder llegar, vamos, pequeño inútil, arrástrate y luego podrás morir en paz…





      —Piernas, pechos, ¡todo eso es tan obvio! En occidente no se entiende la verdadera naturaleza del erotismo, que está basada en la insinuación, y no en la visión. Son los orientales quienes lo comprenden bien — Tánaso estaba echando cháchara, pero a la chica que le miraba con ojos embobados, tanto le daría que le estuviese hablando de la cotización del berberecho. En medio del estruendo musical, la voz del vampiro era perfectamente audible para ella, sí, pero ella estaba sobre todo hechizada por sus espesos cabellos negros y sus ojos azules — el verdadero erotismo no está ahí. Está en el cuello —Tánaso acarició el cuello de la joven con la punta de los dedos, y esta tembló de pies a cabeza. El vampiro acercó la cara para Besarla, cuando un infernal aparatejo negro fue puesto frente a sus ojos.


     —Llamada para ti, Tánaso — Iana, la dueña del local, le extendía un teléfono móvil. De no ser una vampiresa como él, se hubiera llevado una mala contestación aún siendo su jefa, pero iba de pillo a pillo. Y además, alguna travesura había que concederle a una joven con un embarazo tan avanzado. Pidió disculpas a la joven y tomó el teléfono con cara de fastidio.

     —Kápsimo Impío, espero por tu bien que sea importante.


     —…Se la ha llevado, tío — sólo la vocecita rota y estrangulada de su sobrino ya le hizo sentirse un poco culpable, pero el dato era peor aún.


     —¿Qué dices? ¿Quién se ha llevado a Violeta? ¿¡Qué ha pasado!?


     —No sé quién… ayúdame, tiíto… ven, por favor — pero Tánaso no estaba ya al teléfono. Kapsi tuvo miedo de que le hubiera colgado, pero no. Vendría, estaba seguro. De lo que no lo estaba tanto, era de si él seguiría vivo para entonces.


(¿Continuará?)



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3 comentarios:

  1. Me ha gustado bastante, Y por supuesto que debe continuar, al menos en mi opinión.
    Me gustaría intercambiar algunas ideas contigo si es posible.
    Felicidades por tu blog y tu libro publicado.

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    1. ¡Muchas gracias por tu comentario! Hoy mismo acabo de colgar la continuación, espero que te guste :)

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  2. Hola

    Me ha parecido buen relato. Soy escritor de relatos eroticos también y te querria pedir consejo de como publicar en Amazón. Te dejo mi correo electronico pucelitova@gmail.com por si me puedes orientar.

    Un saludo

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